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PEDRO P. HINOJOS
Sergio Canales, la última sensación del fútbol español, se perfilaba en el córner del estadio Reino de Navarra de Pamplona. Su equipo, el Racing de Santander, se estaba jugando el pase a semifinales de la Copa del Rey contra el equipo local, el Osasuna. Y mientras el joven futbolista, pretendido por todos los grandes de Europa, se concentraba en el lanzamiento, un grupo de chavales no mayores que él le escupían toda clase de insultos y salivazos desde la primera fila de la grada.
La imagen se pudo ver en todas las televisiones. Como también se pudo ver que aquel córner nevado terminó en gol y que minutos después la perla racinguista selló la victoria de su equipo con un soberbio golpe franco ejecutado a lo Platini.
¿A qué viene ese odio a un futbolista tan joven que ni siquiera tiene historia y cuyo única singularidad es hacer de cada gol una obra maestra? Imposible encontrar una explicación razonable.
La grada de un campo de fútbol no es el mejor lugar para dar con esas luces. Tampoco lo son los pabellones y salones de actos en los que se reúne la grey de los grandes partidos a adorar a sus líderes.
Pongamos que Rajoy clama por el derrumbe del sistema de pensiones, por la subida imparable del paro o por la destrucción del tejido productivo; pues el auditorio se pone a aplaudir a rabiar.
Pongamos que Zapatero acusa al PP de estar podrido de corrupción, de boicotear el consenso parlamentario o de fomentar el guerracivilismo, pues la concurrencia se levanta y le dedica una ovación interminable.
Si esto sucede en las ceremonias de aquellos que dirigen nuestros destinos, no puede esperarse menos de lo que ocurre en esos programas que salpican todas las parrillas y horarios, donde el insulto más grosero y la enganchada más embarrada suelen celebrarse con los aullidos placenteros del público reunido en el plató. En fin, nada nuevo bajo el sol. Ya lo dejó bien dicho un sabio anónimo con una pintada en la tapia carabanchelera más sombría: ‘Huye de la masa, verás el cielo’.
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