E s sabido que desde el pasado 1 de julio el sistema eléctrico en España está liberalizado. Por supuesto, el anuncio de la liberalización produjo una importante cantidad de fuegos artificiales, frases más o menos rotundas y alguna que otra promesa.
Entre las rotundidades más divulgadas esos días destaca un lugar común: la introducción de competencia en el sector producirá sin duda una bajada de precios al tiempo que una mejora en la calidad del servicio (facturaciones transparentes y comprensibles, un servicio de urgencia 24 horas eficaz, una oficina de atención al cliente competente, etc). Es decir, se dio por hecho que por el simple hecho de liberalizar el sector la competencia sería un hecho. Lo cierto es que la experiencia española es controvertida a ese respecto. Existen sectores que llevan años liberalizados y en donde la competencia brilla por su ausencia, y si quieren comprobarlo basta con que se den una vuelta por alguna de las ciento de gasolineras que existen en la Comunidad de Madrid.
Las diferencias de precios entre estos establecimientos es tan nimia –cuando existe– que a ningún consumidor le compensa el desplazamiento en busca del mejor precio. El otro ejemplo que podríamos poner es el de la telefonía. Paradigmático y paradójico al mismo tiempo porque en este caso podríamos aplicar aquello de que “el bosque no permite ver el árbol", o sea hay tal inflación de ofertas y son estas tan especificas y compartimentadas, que al final uno no acaba de comprender nada y no consigue identificar entre la maraña de opciones la que más le interesa. Y esto, claro está, también dificulta la competencia aunque de otra manera.
Es verdad que poco a poco, y en la medida en que se localizan los problemas, los gobiernos van afinando sus legislaciones, regulando allí donde hace falta y penalizando comportamientos irregulares. Aún así hay aspectos –se me ocurre, por ejemplo, la ineficacia, cuando no la indignación, con la que se prestan los servicios de atención al cliente de las operadoras de telefonía– que no sólo no han mejorado con la liberalización sino que me atrevería a decir que han empeorado. En el caso que nos ocupa, la electricidad, ni siquiera podemos juzgar como está caminando porque, seis meses después de la liberalización, el porcentaje de consumidores domésticos que se han pasado al mercado libre es tan escaso que carece de relevancia alguna. Claro que no es menos cierto que las famosas “ofertas" que las operadoras eléctricas iban a hacer al consumidor, y que sin duda provocarían su abandono de la tarifa intervenida, han brillado por su ausencia.
Nada se ha movido en el mercado de la electricidad desde entonces. Se ha liberalizado en el papel, pero no hay competencia y en la práctica todo sigue igual. No es extraño que el consumidor haya optado por lo malo conocido frente a lo bueno por conocer. Seguiremos esperando. |