ALONSO GUERRERO
Los analistas han criticado tantas veces las colas del paro y las rebajas, que se han quedado faltos de palabras y sobrados de estupor ante las colas de este esbozo de juicio final, acaecido en Haití. Es una escena ya vista en el Índico, en 2004, y en los Abruzos, Italia, el año pasado. El terremoto de Italia tuvo casi la misma intensidad. Murieron 300 personas. En Haití han muerto 200.000. Parece que la pobreza ensancha el rodillo de los seísmos. Durante los primeros días de entierro prematuro en Puerto Príncipe, las grandes pruebas del espíritu no han recaído en la solidaridad internacional, sino en las personas simples, de las que tanto hablan las novelas. No son armaduras plateadas las que han soportado el peso, sino pobres personajes de Dostoievski, quejándose como animales, para entenderse con los perros que los buscan bajo los escombros.
En la primera semana de rescates, saqueos, tumultos y postergaciones, se han escuchado más los prejuicios de los cooperantes que los problemas de las víctimas. No es que el mundo no se haya movido, es que no está preparado para ponerse en lugar de los caídos. La organización internacional se estorba a sí misma ante la empresa para la que ha sido puesta en marcha. Vemos diariamente que los marines ponen el mismo orden en Afganistán que en Puerto Príncipe, y tienen prohibido ver la CNN porque el ejército americano no es psicológicamente capaz de abandonar la cubierta tecnológica de los portaviones y repartir botellas de agua, es decir, enfrentarse a la tragedia que en otros lugares ellos mismos causan. Sería un pésimo aprendizaje.
Para Haití, este cataclismo es el resultado de otros muchos. Haití ya había sido playa de razzias esclavistas, isla colonial y democracia de mendigos. El terremoto no es más que una ocasión para que Fernández de la Vega se retrate con los siete puñales de La Dolorosa atravesando su corazón pintado, para que la ONU exhiba sus blindados en caminos sin minas, y las ONGs pidan un dinero que ya debería estar en los hangares del aeropuerto. |