Entre 1914 y 1915, James Joyce fue publicando por entregas Retrato del artista adolescente, en la revista literaria norteamericana The Egoist. Un auténtico ajuste de cuentas de Stephen Dedalus, su alter ego, contra los jesuitas y la enseñanza religiosa recibida en el colegio Belvedere de Dublín. Manuel Azaña fue publicando por entregas, a partir de 1920, El jardín de los frailes en su revista literaria La Pluma, un descarnado relato autobiográfico narrado desde la evocación a su orfandad en los cursos pasados con los agustinos en El Escorial. Dos años se llevaban Azaña y Joyce, que por supuesto nunca llegaron a conocerse.
El escritor dublinés alcanzaría las más altas cimas de la literatura del siglo XX con su ambicioso, complejo y controvertido Ulises, que venía a cerrar el paréntesis de un género abierto cuatro siglos antes por Cervantes con El Quijote. El escritor alcalaíno derivaría pronto hacia la política en detrimento de su obra literaria.
Nunca llegaría a alcanzar las ambiciosas cotas narrativas que se había propuesto. Joyce se inició en la literatura con una colección de relatos, Dublineses donde ya había dejado constancia de su obsesión por una geografía literaria concreta: Dublín.
Azaña en El jardín de los frailes como en Fresdeval deja abiertos los resquicios de aquella obsesión por su particular geografía literaria: Alcalá. James Joyce moriría en 1941, exiliado en Zurich. Manuel Azaña moriría en 1940 exiliado en Montauban. El escritor dublinés comprendió que sólo en la obra de arte podían encontrar las realidades de la vida cotidiana un orden y una significación ideales, ensayó por tanto métodos revolucionarios para registrar la acción de percibir y consiguió volver del revés el concepto de novela. El escritor alcalaíno se volcó de lleno en “el problema español".
Descarriló en la novela, pero fue auténtico maestro en la literatura del yo, un sensible analista de la historia que protagonizó y un inigualable orador. Cuando espigamos por su voluminosa obra siempre añoramos aquel magnífico autor de ficción que pudo ser y no fue. Por eso como profundo homenaje literario, he aquí unos significativos fragmentos de El jardín de los frailes donde describe el paisanaje y el paisaje de su escenografía creativa.
El paisanaje
“Restos de la tradición literaria complutense aleteaban en mi pueblo al declinar el siglo diez y nueve, juristas viejos, imbuidos de humanidades; algún hidalgo desvencijado, sin dos adarmes de meollo, recitador de Horacio: labradores ricos que empezaban en su mocedad a cursar “estudios mayores", escribas de la curia toledana [...] y un canónigo, el último catedrático de la Universidad, que murió de un atracón de sandía..., mantuvieron en Alcalá el culto fervoroso de los antepasados. No vivían en su tiempo: el tiempo no rodaba desde el día mismo que la Universidad de Cisneros se cerró; las prensas dejaron de parir en cuanto los tórculos alcalaínos se enmohecieron. En sus rancios libros. En sus buenos libros –hechos trizas luego, cuando sus bibliotecas dilapidadas fueron a parar a las droguerías–, se empapaban de erudición anodina. Sabían los aniversarios, las idas y venidas de los héroes, sus posadas, sus sepulturas. [...] Daban guardia a la cuna de Cervantes, defendiéndola de los manchegos rapaces venidos por hurtarla. [...] Nadie más odiado que el supuesto Avellaneda, después de Judas. [...] Los patriotas alcalaínos alborotaban el manso cotarro de su lugar con profusión de veladas, lápidas, iluminaciones, catafalcos; pero su patriotismo era local. Nos persuadían de la grandeza única de Alcalá, no la de España. [...] El buen alcalaíno créese no menos que copartícipe en el Quijote e incluso generador alícuota de la persona de Cervantes. Nacer en Alcalá fue el acierto de ese ingenio; si aparece en otro pueblo no lo habrían mentado, como no mientan a otros varones excelentes, salvo que un rayito de sol alcalaíno los alumbre".
El paisaje
“Misterio nunca sentido en la primavera del campo por donde va el Henares: la vena del río, sonante en invierno; un festón de negrillos al pie de escabrosos pastizales; la sierra esculpida en nácar, en ópalo, no tan próxima que agobie ni tan lejos que no sea límite; la gleba dócil, abierta, loada por los hombres que ha cumplido sobre ella el rito de sembrar; y entre el alcor y el río, la vega armoniosa, reparo de imaginaciones demandadas. [...] Esto sucede en mi memoria; el natural devuelve una imagen pensativa. No es triste ese campo que me entristece; triste, la historia –de uno o de muchos– y el corazón que la sueña o la recuerda. [...] El tronco viejo retoña vicioso en los suburbios. Posaderos y herradores de la Puerta del Vado que guardan los refranes de la antigua sabiduría y están en sus poyos al socaire de la posada y de la fragua profiriendo como de limosna, por palabras adustas, los fallos de su prudencia; matarifes de la calle de la Pescadería, desgastadores de vino; gruesas putas del Carmen Descalzo, tábanos de la soldadesca; ventrudos esquiladores de la Puerta de Madrid (aciales y tijeras insertos en el cincho de cordobán), sin tilde de gitanismo, que hablan a las bestias mientras las esquilan, como habla el barbero a su parroquiano bípedo..."
A modo de estrambote
Se cierra esta mínima antología con el fragmento de una carta al director publicada en el número 3 de la revista satírica La Avispa, el 27 de enero de 1910, donde percibimos claramente que Azaña adopta la figura de un anónimo contemplador de la política local. El comentario se lo dejamos al lector. “...Que me paso la vida leyendo periódicos y novelas al lado de la estufa, y que no pertenezco a ninguna de esas dos grandes colectividades políticas, que no sé por qué regla de tres, se las ha bautizado con el nombre de “izquierdas" y “derechas". Pero si es cierto, ciertísimo que soy un verdadero absentista, un apático, mejor dicho, un renegado de la política; no lo soy, ciertamente, en cuanto a asuntos locales se refiere y pruébatelo el que después de haber escuchado unas cuantas sesiones a nuestro Excmo. Ayuntamiento, si es que realmente tal nombre merece, no he podido resistir a la comezón rabiosa de coger la pluma para pedir a nuestras autoridades dejen de agitarse en ese océano de luchas personales y de partido, con lo cual perjudican los sagrados intereses del vecindario que le ha encomendado para su custodia". |