El 10 de enero de 1880, hace 130 años, el diario vespertino La Correspondencia de Alcalá, publicaba en su tercera página la noticia del nacimiento, ese mismo día a las once y media de la mañana, del segundo hijo de don Esteban Azaña, alcalde de la ciudad, y de doña Josefa Díaz-Gallo, quien, según se comentaba en la nota: “Se encontraba en perfecto estado de salud, al igual que el recién nacido al que pondrían el nombre de Manuel".
Un tardío acto de desagravio El 10 de enero de 1980, hace 30 años, toda la corporación del primer Ayuntamiento democrático, presidido por don Carlos Valenzuela, visitaban en la casa familiar de la calle de la Imagen número tres, a doña Concha, doña Pepita y doña Enriqueta, sobrinas de don Manuel Azaña Díaz. Un emotivo, aunque algo tardío, acto de desagravio si nos atrevemos a recordar que aquella casa fue convertida en sede de Falange recién acabada la guerra. Esa misma mañana se procedió a descubrir una placa de piedra artificial en la fachada del lugar en el que cien años antes había nacido el intelectual de mayor altura que ha conocido esta ciudad en los últimos tiempos. Durante décadas, aquellos que desprecian cuanto ignoran, han estado “fusilando" a pedradas, constante y obsesivamente, la placa de Azaña, tal vez arrebatados por la frustración de que sus ancestros no llegaron a tiempo el 3 de noviembre de 1940.
Un calculado olvido En la actualidad, tras aquellos ecos lejanos de reconocimiento y algunos tímidos intentos por recuperar su figura, no deja de ser significativo y más bien patético que la ciudad que alardea de sensibilidad, de tradición humanística milenaria y cuyos munícipes sueñan con acaparar todo tipo de distinciones culturales para convertirlas en morcillas y chistorras, mantengan en un calculado olvido, no ya a aquel paisano que llegara a alcanzar la Presidencia de la República, pues entiendo que tan alto honor pueda producirles urticaria, sino a uno de los pocos escritores contemporáneos que ha dado esta tierra y que además trató de inmortalizarla en algunos de sus escritos como El jardín de los frailes o Fresdeval.
Azaña no, Primo de Rivera sí Extraño pero previsible este calculado olvido por una parte de la municipalidad si tenemos en cuenta, ya que hablamos de placas conmemorativas, que hay una que se mantiene impoluta en los muros de la Casa Consistorial homenajeando a aquel otro postinero señorito jerezano que venía a nuestra ciudad, no precisamente a satisfacer sus apetitos intelectuales. Primo de Rivera fue poco amigo de la letra menuda, pero sobre todo de quienes la practicaban, Unamuno, Valle-Inclán y el propio Azaña sufrieron las consecuencias. Por tanto, si los gustos de la clase política imperante van por ahí, es preferible que se mantenga este olvido. Entendiendo además que Azaña no da para parque temático y mucho menos para un museo de hoja caduca que son los que se practican por estos lares, según corren los vientos, las fobias o las filias. El ejemplo más cercano el extinto Museo José Caballero. Contamos a nuestro favor que el Rasputín de la actual ¿cultura? municipal, afortunadamente nunca reivindicará su figura. Por tanto olvidémonos de la cultura con k, limitadita ya de por sí en estos tiempos raros de pensamiento débil.

(Foto: La casa natal de Azaña convertida en sede de Falange c. 1940. En el balcón podemos apreciar las banderas de la JONS la Nacional y la de Falange. Archivo: José F. Cormenzana / Vicente A. Serrano)
De poco sirven los números redondos No hay que mirar a los calendarios, sino a las estanterías. Para poco sirven los números redondos. Absurda resulta toda conmemoración cultural, ejército de mediocres tratando de poner el cazo a ayuntamientos morosos y trileros, arruinados en tanta fanfarria y cultureta de medio pelo. Los ciento treinta años que se cumplen el próximo día 10 y los setenta del próximo noviembre, son tan sólo los datos mínimos para evocar que la oscura trayectoria intelectual alcalaína de los dos últimos siglos, contó con un personaje de una gran valía, al que algunos descerebrados que desprecian cuanto ignoran, han tratado de borrar su desmemoriado recuerdo a base de pedradas, mientras que otros que alardean constantemente de sensibilidad y patriotismo local, cruzan los dedos, a modo de exorcismo, cada vez que oyen citar su nombre.
Las ruinas de la esperanza Otro tipo de pedruscos, los del Muro, iniciaron sin lugar a dudas el controvertido fin de las ideologías. Engañados durante décadas los unos y los otros, fuimos tan cándidos que creímos que un nuevo pensamiento alternativo y esperanzador resurgiría de las ruinas y las mentiras. Sin embargo al final, después de tanto polvo y tanto lodo, lo único que hemos recuperado ha sido una cierta claridad para poder perfilar, sin tapujos, la mediocridad moral, cívica y política en la que estamos enfangados. Ni como al héroe de Casablanca nos queda siquiera París. Incapaces somos de iniciar de nuevo el viaje a Ítaca. La única alternativa está en nosotros mismos, por eso sugiero constantemente trastear por las estanterías. Mantener un diálogo abierto, una discusión constante con todos aquellos perdedores que nos ofrece la historia. Azaña parada y fonda.
La recomendación: Iniciarse en Azaña Entiendo que no resulta fácil iniciarse en Azaña. Las Obras Completas siempre terminan siendo como lápidas marmóreas para prestigiar salones, pero complejas para acometer su lectura. A pesar de lo mucho que escribió sobre sí mismo y la consistencia de su pensamiento y sensibilidad, la traumática quiebra de la memoria española, ha mantenido a Manuel Azaña como lo definió su cuñado Cipriano Rivas Cheriff, como el desdibujado “Retrato de un desconocido”. Por tanto siempre resulta conveniente acometer su ingente obra por la que puede considerarse como su lúcido testamento literario y político. Partiendo de La velada en Benicarló (Ed. Castalia), podremos descubrir al hombre, al escritor y al político y plantearnos si realmente nos interesa ahondar en el personaje o preferimos optar por el calculado olvido al que le tienen sometido los bienpensantes de nuestro alrededor. |