La ambiciosa novela de Muñoz Molina
por Vicente A. Serrano

VIERNES 18 DE DICIEMBRE DE 2009 A LAS 10:43 HORAS
Opinión > Cultura
 
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La noche de los tiempos (Ed. Seix Barral) es la última y más ambiciosa novela de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956). Su estructura  narrativa evoca de inmediato aquel Beatus Ille que escribiera a los treinta años y con la que Pere Gimferrer, desde la misma editorial, nos descubrió a este notable narrador, hasta entonces agazapado en las páginas del diario granadino Ideal y apenas conocido en los reducidos ámbitos universitarios. Años más tarde alcanzaría el Premio Planeta con El jinete polaco (decir a su favor que ha sido una de las mejores obras en la penosa historia del galardón) aunque extensa y a veces letánica narración que, precisamente por su pretendida ambición, se terminaba deslabazando en las manos del lector a causa de un complejo tejido de tramas, no resuelto con el éxito que se pretendía. Sin embargo alcanzaba momentos notables en el sincero relato autobiográfico, sobre todo con aquellas logradas imágenes de la vida campesina al pie de los olivos o el hastío de los años juveniles consumidos en los baretos del pueblo, arropados por músicas con las que soñaban proyectarse más allá de los cerros de Mágina.

Jacinto Solana, el comandante Galaz e Ignacio Abel

Jacinto Solana es un ficticio autor de la generación del 27, el comandante Galaz es un militar que impidió que el cuartel de Mágina se uniera a los rebeldes franquistas, Ignacio Abel es un arquitecto socialista republicano formado en la Bauhaus gracias a una beca de la Junta  para la Ampliación de Estudios. En cierto modo estos personajes de Beatus Ille, El jinete polaco y La noche de los tiempos conforman un mismo hilo conductor a través del cual su autor ha tratado de construir un entramado narrativo sobre un tiempo no vivido, aunque transmitido como una leyenda. Unos sucesos trágicos, que como toda leyenda, aparecen sumergidos entre luces y sombras, entre silencios y miedos. El difícil empeño de contar, desde la ficción, la historia de la gente real que sufrió aquella época, intentando a través de la escritura desterrar las perniciosas categorías ideológicas que el tiempo ha terminado imponiendo sobre los “hunos" y los “hotros".

La ambición y el exceso

Afirmaba Alejo Carpentier que el mejor modo de escribir sobre una época no vivida consistía en sumergirse en ella, empaparse, casi ahogarse en los libros de historia, en los documentos, en los testimonios y escritos de los autores de aquel tiempo para después tratar de olvidarlo todo y ponerse a escribir. Para dar credibilidad a sus palabras basta leer El siglo de las luces o El reino de este mundo. Muñoz Molina a lo largo de los últimos cuatro años se ha  empeñado en culminar la novela definitoria de una tragedia no vivida. Nos consta que ha trasteado hasta en la última hoja volandera de aquellos tiempos raros para documentarse, pero se ha olvidado de olvidar. De todos modos ha logrado construir una magnífica historia que partiendo de una apasionada relación adúltera, se enreda en tramas paralelas para dar paso a un impresionante friso histórico coral de esa España que pudo ser y no fue, la de 1935-1936. Ha sabido dibujar a la perfección la serie de personajes que pueblan sus páginas. Desde el protagonista Ignacio Abel hasta el antiguo profesor de la Bauhaus, Rossman o Eutimio, el noble capataz izquierdista de Cuatro Caminos, incluso Negrín, que adquiere aquí el carácter humano que durante tiempo le negaron hasta los de su propio partido. Adela, la mujer traicionada, un claro homenaje galdosiano y Judith, la amante norteamericana que parece escapada de los cuentos de Nabokov.

De Pedro Salinas a Manuel Azaña

El instinto primitivo, la lucha a garrotazos de Goya, las ideologías irreconciliables, la sempiterna lucha cainita, todo ello sobre el paisaje de una patria que se desmorona. No en vano el libro se abre con una significativa cita de Pedro Salinas: “¿Será verdad que tenemos la patria deshecha, la vida en suspenso, todo en el aire?" acompañada de otro párrafo no menos contundente de Manuel Azaña que arranca así: “Veo en los sucesos de España un insulto, una rebelión contra la inteligencia, un tal desate de lo zoológico y del primitivismo incivil, que las bases de mi racionalidad se estremecen..." En estas dos citas creemos radica todo el espíritu de la novela.

El peso de la escenografía

Tan ambiciosa novela adolece sin embargo de un defecto: su extensión. Las casi mil páginas contienen, aparte de su magnífica trama, todo aquello que el narrador omnisciente no ha sabido olvidar. El exceso de información, el peso de la escenografía a veces hace desmerecer el conjunto, porque tanta tramoya lastra la belleza de una prosa trabajada que se emborrona y de una historia perfectamente urdida que se desdibuja, por esa obsesión pedagógica de darnos a conocer lo que el autor ha aprendido en estos cuatro años de investigación, por tratar de enlazar artificialmente a sus personajes con todos y cada uno de los numerosos protagonistas e intelectuales de aquellos años convulsos. Sin embargo hacia la mitad, la novela remonta y adquiere la soltura necesaria, tal vez porque ya está casi todo explicado, y es entonces cuando su prosa nos engancha y emociona al encontrarnos con fragmentos vibrantes, magistrales, como, por ejemplo, el relato en paralelo del asesinato del teniente Castillo y el de Calvo Sotelo. En ciertos momentos el narrador ha sabido captar la desgarradora visión de los desastres de la guerra, con un vigor que casi roza aquellas otras páginas de Max Aub, Arturo Barea, Chaves Nogales, Paulino Massip o Joan Sales.


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