Maruja Torres está indignada con la agresión sufrida por Berlusconi. Casi llega a preguntarse por qué demonios no le arrancaron la cabeza.
“Reconozco que, cuando me enteré del tremendo ataque sufrido por Silvio Berlusconi, lo primero que pensé fue: "Se le ha caído el pelo al pobre hombre, por un repente", y no me refería al líder recién despojado de su sonrisa. A continuación, me dije: "Qué bestialidad. Con lo fácil y pacífico que sería no votarle, y punto". En todo caso, habría que abofetear a quienes lo pusieron y mantuvieron en el poder, urnas mediante. Lo cual resultaría imposible, por demasiado ambicioso, violentamente hablando”. (La hostia. El País, 17-12-2009)
No se esperaba un lamento profundo de la veterana columnista por el domuazo que dejó sin cara al Cavaliere. Pero entre arrancarse los pelos y brindar con champagne rosa hay un término medio que la vieja dama prisera no encontraría ni con un carromato de brújulas.
Vaya por delante, querida Maruja, que don Silvio me produce tanta basca, o más, que a ti. Pero sea por mi juramento hipocrático o por la curiosidad infinita que me despierta su indescriptible pigmentación facial, respeto a este patético anciano que juega a ser un Peter Pan gigoló.
Y me sorprende que tú, que conoces mundo y canallas de sobra, no le des el mínimo cuartelillo. No pinta bien la cosa, amiga, cuando se cambia la ironía –tu sigues siendo una maestra- por la peor mala leche, que es la que se regodea en el mal del prójimo, por muy asqueante que éste sea.
Así que, como estamos casi en Navidad, sólo te voy a recetar reposo, ver unas cuantas veces Qué bello es vivir y llevarte alguna copita de bourbon al coleto –pero no digas que yo te lo mandé. Seguro que llegas a la conclusión de que no es inteligente cebarse con los miserables: ya llevan en sus pecados, al menos, la promesa de una penitencia. Fíjate, en un instante y ante todo el mundo, Berlusconi pasó de ser un pisaverde insoportable a un pobre vejete con el pelo pintado.
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