Los mismos que hace apenas un mes, desde las sedes nacionales de los partidos o los grandes medios de comunicación, se llevaban las manos a la cabeza por la politización de Caja Madrid aplauden ahora o silencian en todo caso la mayor politización de su historia: en breve tendrá en sus dos primeros sillones a sendos políticos de abolengo, el vicepresidente del PP Rodrigo Rato y el ex ministro del PSOE y actual rector de la Universidad de Alcalá, Virgilio Zapatero.
La conclusión, bien coherente con los usos habituales en el sector y enmarcada en una Ley aprobada en el Parlamento por los dos grandes partidos, deja en evidencia la bochornosa, interesada e hipócrita campaña suscitada contra quienes, en realidad, tenían la ley de su parte y habían logrado un consenso unánime con el conjunto de las fuerzas políticas y sociales madrileñas. Lo que la Comunidad de Madrid podía hacer e hizo de acuerdo con el PSOE, los sindicatos y la Patronal no servía; pero lo que han impuesto quienes presionaban con medidas internas en lugar de con leyes públicas sí es válido aunque incurra de manera más intensa en el peligro denunciado y lo haga además sin el amparo formal debido. Produce espanto constatar, además, la ligereza con la que se manejan unos argumentos determinados y luego se olvidan dando por supuesto que el ciudadano se lo va a tragar todo: es una falta de respeto, amén de una tropelía que sólo sirve para agudizar el distanciamiento entre la política y a quienes sirve en el momento en el cual más necesaria sería una sintonía.
Nada de esto tiene que ver con la valía de Rato o Zapatero, incontestable en todo momento como lo era con Ignacio González, pues en los tres casos reúnen amplios conocimientos y experiencia para trabajar en una institución financiera que necesita más de políticos que de contables en esos cargos. Antes y ahora.
Para Alcalá queda la esperanza de ganar un aliado en la persona de un rector que, tras proclamar su independencia durante ocho años, se va a marchar con un nombramiento político que avala la sensación de que siempre, en cualquier puesto, es ante todo el militante de un partido político bien definido. Y parece más que probable que esa condición esté detrás de un adelanto electoral sorpresivo: para llegar a la vicepresidencia de Caja Madrid hay que dejar de ser rector primero, y es probable que se haya hecho coincidir unos calendarios en principio incompatibles.
Nada de eso diluye los buenos deseos para Virgilio Zapatero, un hombre de exquisitos modales que le vendrá bien a la agitada Caja Madrid y, es de esperar, a la que hasta el mes de abril, va a ser su ciudad de gentil acogida. |