En un encendido debate en la Cámara de los Comunes, Lady Astor no pudo reprimir su rechazo al discurso de Winston Churchill y le espetó a bocajarro, sin perder la compostura ni saltarse la hora mágica británica: "Si usted fuera mi marido, no podría evitar ponerle veneno en el té". El premier le respondió en el turno de réplica con jocosidad contenida en su pantagruélico rostro: "Si usted fuera mi esposa, me lo bebería gustoso".
Hubo un tiempo en que la política estaba cerca de la pintura, oscilando entre el trazo agresivo de Altamira, las líneas sutiles de Velázquez y los colores creativos de Picasso, pero sin perder nunca una perspectiva artística, como si quienes se dedicaran a ella se sintieran obligados a dar fondo y forma al cuadro que observaban desde fuera sin salpicarles con brochazos de gotelé. Baselitz, el pintor que expone sus obras al revés, decía que un trozo de papel era el mejor lugar para expresar un concepto, y algo así sentían aquellos políticos al subirse al atril del Parlamento, intervenir en un acto público o exhibirse en un medio de comunicación.

Ahora hay más trozos de papel, pero lejos de crecer las opciones de explicar un concepto, se han multiplicado las posibilidades de lanzar un melón, consolidándose una funesta alternativa al glorioso carpe diem consistente en no calibrar la barbaridad o el contrasentido de hoy por la seguridad de que mañana, o esa misma tarde, podrá enterrarse con otro: ni el incipiente número de soportes ni la facilidad para asentar una memoria fornida de lo dicho o hecho han activado las defensas y los límites de quien habla o escribe, en otra paradoja tendente a demostrar que la mayor exhibición no comporta mayor precaución si no todo lo contrario.
El último efecto de este fenómeno es su formidable capacidad de contagio: al desvanecimiento del político como portador de un mensaje constructivo que tenga en la asunción de los hechos la premisa innegociable se le suma la trivialización del receptor como mera fotocopiadora de la deyección recibida y la subsiguiente consecuencia para los dos extremos de la cadena. Unos y otros, políticos y ciudadanos, son para sus homólogos en el otro lado un mero enemigo a batir con el que nada se puede debatir si hay a mano algún argumento de carácter personal para replicarle, en una espiral recurrente que derriba, sin más, la posibilidad de entendimiento.

Desechamos sin asomo de vergüenza la imprescindible comparación, ruidos y lemas aparte, entre las recetas españolas para la crisis y las inglesas, alemanas, americanas o francesas. Transformamos la necesaria protección de la propiedad intelectual y la recomendable reflexión sobre la forma de gestionarla en un mero capricho, espurio, de la ministra Sinde y sus amigos del gremio. Acusamos al titular de Interior de querer espiarnos sin preguntarnos por la mejor manera de conjugar la obligación de frentar el delito con el derecho del ciudadano a no ser una víctima por ello.
Obviamos la complejidad de la política de Exteriores y la posibilidad de criticarla con un punto de sensatez para presentarla, simplemente, como una consecuencia de la estupidez congénita del titular de la cartera. Estigmatizamos la recomendable reflexión de Aguirre sobre la eficacia y el saneamiento de unos servicios públicos sometidos, aquí sí, a las ínfulas sindicales, al grito descompuesto sobre el lobo de la privatización. Y resucitamos la inquietante visión de las dos Españas -rojos y fachas; empresarios opresores y obreros oprimidos; ateos y creyentes- arramblando con la certeza de que unen muchas cosas más de las que separan.
La política no es idiota; simplemente ha entendido que es más comercial y sencillo movilizar a un rebaño que conducir a un ser humano. Churchill ganó una guerra sin bombas a una Alemania sobrada de ellas. Con la palabra. Ergo si salva, puede destruir: es lo que tiene sustituir la cicuta por matarratas y el té por la panceta.
Posdata. Virgilio Zapatero tiene verbo liviano, y es capaz de lograr que un tiburón cante delicadas arias en su estanque: esa virtud suya me admira, y no es la única. Pero como es político, churchiliano, ha terminado en Cajamadrid, como antes por serlo llegó a la Universidad de Alcalá. Mejor él que otros que sonaban, pero en este trozo de papel emborronado se vuelve a tratar la hemeroteca como a los libros de Farenheit 451: para querer despolitizar la Caja, como decían sin sonrojarse genoveses y ferracinos, nada mejor que dos patas negra. Al menos ambos saben mucho de infusiones. |