Monseñor Juan Antonio Reig Plá cumplió el 7 de julio pasado 62 años. Como equivocado, tiene derecho a pedir perdón, toda vez que, desde su posición más cercana por definición a la espiritualidad, esa categoría, la del perdón, le encaja mejor que a cualquier representante del mundo más alejado de la fe en el Ser Supremo.
Su error, asistir a una encerrona en forma de eucaristía en Paracuellos del Jarama, ha sido amplificado por los medios de comunicación por cuanto allí, al lado del altar, junto a los útiles necesarios para la celebración litúrgica, había una bandera no del todo desplegada, que resultaba ser la misma que despertaba pasiones cuando el general Franco gobernó con nula asistencia de modales democráticos a la nación de España.
Entre los asistentes, familiares de los ejecutados en aquella incívica matanza, estaba Blas Piñar, profundísimo admirador de la obra de Franco. Al término de la misa, tal había sido la alegría que a los feligreses había proporcionado la presencia del obispo Reig, que una porción de los mismos se despidieron del oficiante. Entre ellos, estaba Blas Piñar, autor entre otras, de las siguientes frases: “no me remuerde la conciencia de haber ordenado y ni siquiera insinuado un acto de violencia”; “el odio no es siempre un pecado”.
Tal y como dice el obispo, no hizo acepción de personas a la hora del abrazo post-eucaristía, que quiere decir que obedeció el consejo del Libro de Santiago, el libro más antiguo del Nuevo Testamento, en el que se dice “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas”, es decir la práctica de la discriminación entre iguales o desiguales. Don Blas no fue objeto de acepción, por tanto. El obispo Reig Pla tiene que pedir perdón por algunas cosas, también por la enorme dosis de ingenuidad, que medida en tan gran cantidad casi resulta pecado. Ingenuo por entender que con su presencia no hace acepción de personas.
Esta vez sí la hace, entre unas víctimas y otras víctimas de la misma guerra, la inaudita de 1936-1939, y en la que Paracuellos resultó ser una brutalidad más, como tantas otras. De lo sucedido después de 1939 daría lugar a unas cuantas eucaristías adicionales, no habría suficiente clero para atender a tanto responso. El obispo Reig y la acepción de personas, qué gran tema. José Bono puede tener dificultades para comulgar en alguna parroquia, mientras que Blas Piñar no tiene ninguna, tanto para recibir la comunión como para exaltar la presencia de un obispo en una ceremonia absolutamente confusa para la exaltación de la convicción religiosa. Qué cambiante el panorama de ahora al de la guerra, cuando Don Blas, con 18 años, estaba escondido, como es lógico, en la Embajada de Finlandia, en Madrid. |