PEDRO P. HINOJOS |
Desde hace muchos años viene siendo uno de los edificios más vistos de Alcalá. No está en un rincón privilegiado del casco antiguo ni le adornan gracias arquitectónicas especiales. Tampoco tiene una función pública y llamativa ni cuenta con inquilinos famosos. En realidad no es más que una casa de vecindad, una construcción que podría confundirse entre decenas más dentro del monopoly de ladrillo, impersonal y obrero, que se derramó en los 60 y 70 por la periferia del barrio antiguo.
Pero así y todo resulta ser uno de los bloques de viviendas más familiares de toda la ciudad. Situado al final de la calle Alfonso de Alcalá, es el mascarón de proa del barrio del Juncal; la finca que se asoma a la vieja Nacional, la primera edificación urbana en recibir a los que vienen, y el último para despedir a los que se van, incluyendo a los viajeros de la Continental, que siempre ha tenido una caseta con parada en sus inmediaciones.
Por eso, uno pensaba cuando guardaba cola de buena madrugada para la ida o cuando saltaba desde el estribo a la vuelta que vivir en ella sería una fortuna: con toda su modestia y pese a su aspecto solitario y desangelado, se hallaba en el sitio ideal. Un conductor también debió pensar lo mismo el sábado pasado por la noche: al volante de su coche, aplastó el acelerador por la avenida del Ejército y chocó contra una vivienda del primer piso del bloque, abriendo un boquete de dibujos animados.
La cosa acabó en milagro: el Fitipaldi salvó la vida pese a llegar hasta el salón con su turismo; y también la salvaron los habitantes de la casa, que por suerte no estaban en ella en el momento de la inesperada visita. Como es obvio, a este hombre bala le tendría que salir cara la peripecia. Y debería ser considerado como agravante haber profanado esta sencilla casa, por ser la primera y la última de Alcalá. |