El caso de Aminatu Haidar pone de manifiesto todos los males de la política española hacia el Sáhara: cinismo, cobardía, olvido, comodidad, injusticia y, eso sí, ventajismo. Porque en este país no se ha hecho nada decente por la ex colonia española en 30 años, pero su ha utilizado el drama de ese pueblo para autohomenajes progresistas que a la hora de la verdad no han cambiado nada.
Con honrosas excepciones como el actor Guillermo Toledo, que ha dado una lección de coherencia con sus principios al criticar duramente al Gobierno tanto por este asunto cuanto por el de la presencia militar en Afganistán: frente a otros que sólo ven guerras e injusticias cuando hacerlo perjudica al rival político, queda gente a la que le indignan sin más unos hechos más allá de las siglas que los protagonicen.
Como tiene que ser. Haidar encarna todo ello a la vez: en lugar de ser una oportunidad para que la diplomacia española recupere en este ámbito la dignidad perdida por razones de geoestrategia, que es como se llama en términos internacionales a la simple y llana condescendencia con el tirano, se ha convertido en una molestia. Y todo por algo tan lógico por querer volver a su tierra sin parecer una extranjera, como supondría hacerlo con un pasaporte español en la maleta. La cancillería española prefiere arreglarlo con la estrategia del “que parezca un accidente", pero a una activista con tanto sufrimiento a sus espaldas le importa tanto el medio como el fin. Toda una lección de que, sin duda, Moratinos y compañía no tomarán nota. |