Se esperaba tanto de la nueva Ley de Economía Sostenible, anunciada nada menos como la panacea para cambiar el modelo productivo de España, que resulta casi sonrojante llamar así al catálogo de medidas presentadas ayer por el Gobierno.
Casi todas ellas son razonables, algunas rozan el sobresaliente y la mayoría suponen un ejercicio de sentido común, pero es frívolo pretender o vender que con ello se va a transformar la esencia económica de todo un país sumido en la mayor recesión en dos décadas.La magnitud de los desperfectos -un paro brutal, un déficit agudo, unas arcas públicas debilitadas, una deuda mayúscula- obligaba a presentar una reforma a fondo, decidida y valiente, pero lo conocido hasta ahora supera con poco la categoría de parche.
Está muy bien obligar a la Administración a pagar a las pymes y autónomos en menos de 30 días, pues ello paliará el cierre en tromba de miles de empresas que iban bien pero carecían de liquidez por la combinación de la morosidad de sus clientes con la tacañería de los bancos. Y es positivo, sin duda, mejorar la fiscalidad de la I+D; agilizar y abaratar la creación de sociedades o apostar por las energías renovables; ¿pero alguien puede sostener, sin ruborizarse, que con esto se va a convertir a España en un país puntero y distinto? Para emitir un juicio definitivo hay que esperar la difusión completa de la Ley, que hará el presidente en persona el 2 de diciembre, pero mucho tiene que cambiar y añadir para mejorar la frustrante sensación inicial, agravada por medidas de cara a la galería como la fiscalización de los sueldos de los directivos: si de verdad se quiere dar ejemplo, ¿por qué no se regula el injustificado dispendio en la propia Administración Central, Autonómica o Local? ¿Y por qué no se añade, de paso, un criterio único y global para el conjunto de las relaciones laborales que se traban en ministerios, comunidades, ayuntamientos, universidades y toda laya de organismos públicos?
Todo lo que no sea poner letra precisa a una música razonable pero hueca, cual es la sustitución del ladrillo por sectores más estables, sólo valdrá para cubrir el expediente y ganar algo de tiempo. Lo único que puede medir la disposición real del presidente a afrontar la crisis es la profundidad y valentía de sus propuestas, y no la rimbombancia de los nombres que les ponga. Hacen falta operaciones quirúrgicas para frenar una gangrena, y no simples intervenciones estéticas que maquillan temporalmente una realidad preocupante que no va a desaparecer con eslóganes y leyes de andar por casa. |