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PEDRO P. HINOJOS
Aseguraba que era el primer nieto de Alfonso XIII. Y para que se notara, vestía con elegancia, gastaba modales distinguidos y llevaba siempre consigo una foto del rey para que se apreciara el gran parecido físico que guardaba con él. Aunque allá en California, en el exclusivo barrio de La Jolla de San Diego para más señas, aquella reivindicación de su sangre real no impresionaba tanto como su trato exquisito y su buena percha. Con ellos le sobraba para colarse sin invitación en las fiestas de la alta sociedad y convencía a sus amigos y conocidos de que le invitaran a comer en los mejores restaurantes. Lástima que Alfonso de Bourbon, que así se hacía llamar el supuesto hijo de Alfonso de Borbón y Battenberg, primogénito de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, tuviera la extraña y temeraria afición de rebuscar en los contenedores de basura.
Porque fue trajinando en uno de ellos cuando encontró la muerte hace unos días: un camión le atropelló mientras se encontraba en plena faena entre los desperdicios. Sus adinerados vecinos ya le echan de menos. Es verdad que a veces se comportaba de un modo extravagante, admiten; pero era una persona agradable y muy viajada. Lo mismo les hablaba de las tiendas de Londres donde compró algunos de sus mejores trajes, que de la ciudad de Alcalá de Henares, donde reposan los restos del santo que da nombre a su ciudad.
Incluso llegó a presidir una sociedad de hermanamiento entre ambas ciudades, y se dejó caer por aquí en varias ocasiones, a comienzos de los 80, para consumarlo. Pero no hubo suerte: la ciudad estaba hecha una pena y tenía necesidades más acuciantes que gastar el presupuesto en viajes al otro lado del mundo. Una inevitable injusticia si se compara con las atenciones de alfombra roja que reclamó Iñaki Urdangarín, ese pariente lejano de la costa Este. |