Alcalá de Ardoz
por Uno de la Redacción

LUNES 3 DE OCTUBRE DE 2011 A LAS 10:01 HORAS
Opinión > Política
 
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PEDRO P. HINOJOS

 

Torrejón acaba de estrenar hospital y ya está más cerca de completar el paquete estrella del gran municipio metropolitano venido a más; ése en el que también figuran el Metro y la Universidad. El suburbano ya está comprometido y lo de las facultades tendrá que andarse. Aunque en la Cisneriana seguro que lo verán con buenos ojos: mientras haya dinero y terrenos a mano, poco importa que falten alumnos; ya se encontrarán. Seguro que si el alcalde torrejonero se pone a ello saca una estudiantina como para llenar Harvard. Desde que llegó a la alcaldía de la vecina localidad, nada se le ha resistido. Y mientras sus detractores claman porque el Tribunal de Cuentas destape el secreto de su fuente de la eterna inversión; él sigue ganando apoyo popular incluso fuera de las fronteras locales.

 

En Alcalá no para de crecer. Al principio fue por el tirón de los conciertos gratis de primeras figuras en las fiestas, las formidables cabalgatas de reyes o ese parque Europa que pronto competirá con El Prado en visitantes. Pero las comparaciones ya pisan terrenos más serios, como el de la limpieza viaria, el adecentamiento urbanístico de calles y avenidas o las grandes infraestructuras, con ese puente luminoso sobre  la A-2 como emblema del orgullo local. Y ahí Alcalá tiene la de perder, más allá de que a sus gobernantes se les zahiera con eso de que el apoyo regional a “Oxford de Madrid" sólo se ha traducido en un campo de golf, un colegio segregacionista y una carretera desatascadora que está llegando tarde y mal. Si al déficit de arraigo y autoestima que siempre se ha arrastrado en esta orilla del Henares, se une la emergencia de la población de al lado, de poco valdrán las apelaciones campanudas a la tradición, la historia y la cultura. La frustración y la envidia también es el peor veneno para las ciudades.


Comentarios
Idem
lunes 3 de octubre de 2011 a las 11:31 horas
Señor Hinojos, preguntémonos por qué en una década escasa, desde aquella fecha clave de 1998, casi se ha duplicado el número de alcalaínos que trabajan en Madrid, por qué ha decrecido el número de autónomos, por qué un casco histórico de 92 hectáreas tiene un número tan escaso de hoteles, de museos y una o dos tiendas de recuerdos y turismo; por qué sólo una empresa de turismo; por qué a una ciudad patrimonio de la Humanidad no llega un transporte que la una con el aeropuerto del que sólo dista 19 kilómetros; por qué paran cada vez menos trenes de largo recorrido que nos unan con Zaragoza o Barcelona; por qué se sigue construyendo en bloques exentos que destruyen el concepto de ciudad y sólo alimentan el del suburbio dormitorio; por qué se permiten construir islotes residenciales a tomar por saco del entramado urbano de la ciudad; por qué el único hotel de 5 estrellas de Alcalá tiene que estar al margen de su monumentalidad y sí está a 6 kilómetros de la ciudad al albur de un campo de golf; por qué apenas hay dos o tres librerías y ninguna tienda de discos; por qué no hay restaurantes de calidad y de fama y en los semanales de El Mundo o El Pais aparecen vapuleando con una veintena de restaurantes localidades como El Escorial, Pozuelo, Alcobendas o Las Rozas y Alcalá figura con 4 o 5 y dos de ellos son de comida rápida. ALCALÁ NO TIENE TIRÓN NI ESTÁ DE MODA NI ES ATRACTIVA NI TIENE GANCHO, le guste o no a los 27 apoltronados del ayuntamiento, con perdón de los 3 nuevos concejales y Javier Bello que parecen venir con ganas y espíritu crítico.
Pedro
lunes 3 de octubre de 2011 a las 11:02 horas
Yo creo que en Torrejón sucede el carácter de los pioneros que existió y existe en Esatados Unidos, Canadá o Australia. Lugares sin nada en los que hay que empezar de cero y se entiende la tarea como un fascinante reto. En Alcalá, a parte de que siempre ha dominado el carácter anodino y falto de espíritu aventuraro, cosmopolita y emprendedor, creemos que todo lo factible ya lo hizo Cisneros, por tanto nada es necesario ni digno de hacer. Vivimos de rentas pasadas (los que nos creemos complutones porque los 180.000 vecinos restantes pasan olímpicamente de la ciudad, les parece aburrida y dormida y directamente se van a Madrid o al Parque Corredor a entretenerse): las tapas grasientas, el señuelo de la hamburguesaza hiperreseca e hiperaceitosa como tapa de glamour; la clase política acomodada y ya fundida en sus sillones como una entidad única sillón-cacho de carne; los comercios dormidos y con los mismos escaparates de los años 60; el mobiliario urbano como en Buenos Aires o La Habana, latente, aún el de 1988 o alguna renovación noventera, recuerdo de vacas gordas o algún concejal capaz. La universidad entre las peores del mundo y los cuarteles cayéndose. La industria de alto nivel ni siquiera pone el ojo en Alcalá, sólo naves de logística para que trabaje un mozo carretillero por cada 1000 metros cuadrados de nave. La promoción exterior brilla por su ausensi y tenemos un alcalde diputado con el que no se consiguen arrancar compromisos ni a Madrid ni al gobierno central.
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