Un hombre de treinta años debe cumplir una condena de dieciocho meses en prisión. En el penal sufre por la adaptación que supone convivir con personas con las que nunca hubiera imaginado mantener una relación aunque, curiosamente, esta experiencia dejará en él una huella perenne.
Tres razones de Enrique García ha sido rodada íntegramente en el Centro Penitenciario de Alhaurin de la Torre en Málaga, con la colaboración de los presos, algunos de los cuales han compuesto la banda sonora de este melodrama carcelario.
Antonio –buen trabajo de Chico García– debe aplicar un código interno que se basa en tres razones: descubrir su error para intentar corregirlo, aceptar el espacio que acaba de conocer y, sobre todo, tener siempre muy presente que la verdadera vida está fuera de la cárcel.
La pieza habla de los vínculos tan especiales que se crean entre personas que lo han perdido prácticamente todo. Una de ellas es Carmona –eficaz Héctor Medina– inestable y peligroso; otra es Lamís –muy bien Virginia Muñoz– toxicómana con evidente deterioro físico y el último lado de este triángulo oscuro es Sara –una brillante Virginia Demorata– que da vida a una mujer aislada de su familia y que deja algún momento sobrecogedor, como la llamada telefónica a su madre.
La fotografía de J.A. Crespillo desvela los claroscuros diarios de una ‘tribu’ privada de libertad. Son individuos que tan sólo se tienen a sí mismos y cuya única aportación a la esperanza es la convivencia, estableciendo lazos que alimentan su ilusión por seguir vivos.
Tres razones contiene algunas escenas destacadas. Por ejemplo, el instante en que Lamís se pinta los labios: este hecho supone un acto de rebeldía ante su degradante situación. Sus ojos desnudos cabalgan por la miseria que se oculta tras las rejas y ella opta por combatir esa ingrata existencia. Ese acto de verse guapa es una reafirmación vital.
La hermosura sonora de la guitarra de Riki Rivera y la flauta de Manuel Olmo desprenden notas que alimentan esa idea de que hay que aprovechar al máximo cada momento para intentar transformar en luz la oscuridad reinante en el recinto.
La película culmina con una canción de Antonio Remache que, cantada por Pasión Vega, adquiere una gran brillantez: “triste documento, mi casa está vacía, mi patio descontento, se queja noche y día". La voz de la cantante rubrica una cinta que intenta construir otra mirada sobre la vida carcelaria. Un submundo en el que los sentimientos se apoderan de la malherida realidad de un grupo de personajes a los que Enrique García ha dignificado. |