ANTONIO CAMPUZANO
La prima de riesgo tiene su importancia, claro está, pero las reacciones de los indignados tampoco descienden en sus niveles de popularidad. Desde el 15 de mayo pasado, festividad de San Isidro, el patrón de Madrid, ha ido ensanchándose hasta las riberas y altozanos, afluentes, ríos y mares, la larga marcha de la libertad, ese modelo de nuevo cuño que pretendía poner en situación de quebranto la arquitectura del Estado y sus inalterables principios que nacieron en la transición, santa y sacrosanta en un solo acto.
Pues bien, en coincidencia con el desmantelamiento del megachiringuito de la Puerta del Sol, casi en tres jornadas consecutivas, gentes con la misma gorra del movimiento indignado, han sacado pecho en tres actos no menos consecutivos, uno relacionado con este territorio complutense, los otros allende su demarcación: ataque al alcalde Bartolo y al consejero Lasquetty; bronca nocturna al alcalde Gallardón en la puerta de su casa, que es particular, cuando se le insulta se indigna como todos los demás; y espectáculo a la entrada al Parlamento catalán, con cosillas graciosas como tintar una gabardina de diseño con su dueña dentro. Al margen de Rubalcaba, al que todo le cuadra según acreditada opinión de Dolores de Cospedal, algo tendrá de responsabilidad el conjunto dirigente que capitanea el movimiento de singladura mediática reciente, que no es capaz de conducir la protesta por medios que cualquiera pueda entender. Que el alcalde Bartolo tenga que reconducir su sentimiento como si fuera Madoff cuando a su mujer le llaman tan desafiante como desagradablemente “hija de puta”, algo huele a podrido mucho más cerca que en Dinamarca.
La dignidad de Gallardón en la calle Serrano Anguita no puede ser empañada por movimiento indignado de la nocturnidad y la alevosía. Lo del mayo del 68 y los adoquines produjo sustanciales cambios políticos en la Francia de Mitterrand, pero en 1981, y en el mundo, entre otras cosas, sucedió el final del Muro de Berlín, en 1989. Si esos cálculos se mantienen y este movimiento conserva alguna calidad comparativa con aquél, aún hay tiempo para la llamada en espera. Romanticismo, ay romanticismo. Decía Alfonso Grosso, en la novela La zanja (Destinolibro, 1982), en palabras de Rosarito cantadas a su bebé: “Y a Jaguay divino/en buque llegamos./ Y el romanticismo/ a mí me ha inundado”. |