El homenaje
por Uno de la Redacción

LUNES 13 DE JUNIO DE 2011 A LAS 11:50 HORAS
Opinión > Política
 
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ANTONIO CAMPUZANO

 

En medio del fragor de la batalla, entre pactos y expectaciones, entre matemáticas y aritmética, apenas se ha hablado, es decir se ha cometido injusticia, del homenaje a Curro Lope Huerta. Trescientas personas, según las “últimas estadísticas” al decir de Dámaso Alonso respecto de categorías de posguerra, se dieron cita al dictado de Pilar Revilla y Toñi Hernández. Curro, rendido a las cerradas ovaciones de su “maestranza” particular, recogió desde los medios todas las emociones juntas del todo Alcalá y, si no es porque se lo impedía el cariño de los nietos y la ausencia de capote de brega, hubiese dado dos memorables vueltas al ruedo del Parador, engalanado para la ocasión.

 

Empresarios, concejales, ex diputados, ex ministros, comisarios, un alcalde en ejercicio –Bartolo González, un gesto que vale un aprecio y una comprensión, cuando menos–, periodistas, sindicalistas, cronistas de la villa, investigadores locales y al mismo tiempo ciudadanos del mundo. Toda esa gente junta y sin necesidad de acampada, que tiene mucho más mérito, al reclamo del silbido rítmico y pausado de una trayectoria de un ser humano merecedor de todo ello. Desde la boca de riego, el centro del escenario, cogió Curro el micrófono y habló entre otras cosas del “respeto”, de la “consideración” y la “solidaridad”. Y dijo, con el apoyo de unos cuantos clásicos, que “la más noble dedicación es la del servicio público”. Todo eso lo dijo haciendo círculos con la mano izquierda sobre la cabellera rubia de un infante que resultó ser su nieto. Sus convecinos dieron rienda suelta a los cariños, a las sonrisas del besamanos del claustro convertido en lugar de aperitivo y de sablazo político sin más contemplación que ninguna. Se echó en falta lo que en el mundo taurino, muy querido por Curro, es el chulo de toriles, la persona que corre el cerrojo de la puerta de chiqueros: el detalle se le puede perdonar a Rosa Díez, dueña del llavero más demandado.

 

En el Parador se hizo lo que se tenía que hacer, manifestar con la obra y con la palabra, con el gesto y con la presencia, la factura de la amistad, del elogio, de la humanidad. Las desavenencias seculares se quedaron en flor de un día, los odios africanos de repente desaparecieron tras un vientecillo suave y tienen todo el aspecto de no querer volver. Y desde la mesa número 18 se encargó de correr el rumor, extendido como una mancha de las que se quitan, de “una calle para Curro, pero por favor que sea céntrica”. Sólo se provocó con ello la alegría y también un movimiento de barbilla. O sea sí.


Comentarios
El Nebri
lunes 13 de junio de 2011 a las 16:36 horas
La maestría de Campuzano -como siempre- convierten el relato de aquel homenaje en una lúcida y expresionista crónica taurina. Yo fuí uno de los Trescientos y tal vez lo más gratificante de la jornada, es que no se trataba de un Homenaje Póstumo por más que algunos hayan tratado en los últimos años de defenestrar la figura de Curro. Al frente de ellos aquel que trataba de chupar rueda, pegado en la comida a su sombra para ver si algo se le pegaba de la popularidad de este personaje que nos ha ayudado en todos estos años a vivir sin rencor, igual que siempre trató Semprún cuyo homenaje lamentablemente sí ha sido´póstumo. Bartolo: aprende de la figura de TODO UN HOMBRE. E igual que tú, tu cancerbero Severien que afortunadamente no nos amargó la comida con su presencia.
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