Escribir sobre versiones (quiero decir remakes) cinematográficas puede llegar a ser preferible a verlas. Como casi nadie espera nada de una versión, y menos aún de la reseña de una versión, con oficio se puede salir del paso gracias a descansados tópicos y maliciosas ironías que salen con el piloto automático: "la-falta-de-ideas (¿frescas?) y-de-talento-de-nuestro-tiempo (¿decadente?)", "el-abrumador-poder-económico-y-mediático-de-las-gigantescas-corporaciones-de-producción-y-distribución", "el-avasallamiento-y-saqueo-de-las-cinematografías-pequeñas-o-independientes", "bli-bla-bla." Pero la recién estrenada en España Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos del director chino Zhang Yimou no encaja para nada en las categorías habituales, salvo que se trate de una auténtica precursora de los productos que habremos, o habrán, de ver si, o cuando, China logre el sorpasso económico, político y cultural de los Estados Unidos.
Producida en 2009, además de con el título internacional que se ha traducido literalmente se la puede encontrar en DVD como Zhang Yimou's Blood Simple (Sangre fácil de Zhang Yimou) y se trata evidentemente de una versión muy personal del primer largometraje de los hermanos Coen, que son tres años (Joel) y seis años (Ethan) más jóvenes que Zhang (apellido), que empezó su carrera como director de fotografía.
Con un inicio diferente, en el que se ve a un comerciante persa vender armas de destrucción individual, el guion sigue la estructura de la obra original; se cambia el lugar (¿Xinjiang? sustituye a Texas y la tienda de fideos en medio del desierto al bar) y la época (un momento indeterminado de mediados del XIX sustituye a 1984). El dueño del negocio descubre que su mujer le engaña con un empleado y contrata a un policía (un detective privado en la versión original) para acabar con la vida de los adúlteros. Los peligros de la pasión amorosa ilegal no son nuevos en el cine de Zhang Yimou, representante de la 5ª (nada menos) generación de la Academia de Cine de Beijing, que trató el tema con perfección formal y grandeza de tragedia en Ju Dou - Semilla de crisantemo (1990), pero en Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos la combinación de elementos es más insólita que un primer plano en una película de Mizoguchi. Hay combates estilizados, violencia de dibujos animados de la Warner, humor absurdo y negro, personajes caricaturescos, exhibiciones de coreografía culinaria, grandes pasiones (amor, odio, avaricia, venganza) y paisajes naturales fotografiados con unos colores tan saturados que parecen tan bonitos como extraterrestres.
Quizá sea solo un divertimento de un maestro del cine que, al borde de los sesenta años, quería romper con los tipos de obra que le han hecho conocido internacionalmente: en los noventa, las tribulaciones del proletariado agrario chino del siglo XX (Qiu Ju, una mujer china, ¡Vivir!, El camino a casa), y, desde 2002, las superproducciones de artes marciales en la estela de Tigre y dragón (Hero, La casa de las dagas voladoras, La maldición de la flor dorada). Quizá sea el nacimiento de un nuevo subgénero cargado de futuro: el noodle-eastern (con perdón de Sergio Leone).
Grados de separación
Lo que sí se echa de menos en Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chinos es a los Four Tops cantando It's the Same Old Song en la máquina de discos y durante los créditos finales. |