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PEDRO P. HINOJOS
Las fotos de Bin Laden acribillado aparecerán el día más pensado. Algún Assange habrá que reviente los mil cerrojos del búnker donde las guarda la administración Obama. Todos los cotillas de la aldea global podrán sorber entonces la salivilla que segregan ante las filtraciones en las que se asegura que las instantáneas son atroces; una joya en esta era de emociones feroces y morbosas. “El horror, el horror", que musitaba Kurtz- Brando en Apocalypse now, se cotiza más que nunca. Quizá lo aliente el interés descarado de las grandes potencias por esconder lo más truculento de la violencia, empezando por la de las guerras. Una faena para los corresponsales, que si ya tenían difícil llegarle a la suela de la bota al último mohicano Pérez Reverte; ahora además han de lidiar con apagones, barreras y más peligros. Exactamente los derivados de querer contar y mostrar lo que pretende ocultarse a esta sociedad peterpanesca que quiere jugar a ver más que a pensar lo que ve.
Meditó sobre ello en una entrevista radiofónica el pasado domingo Luis María Anson, una celebridad de la prensa nacional y un habitual durante años de la ceremonia del Cervantes en la Cisneriana, donde siempre venía a saludar al pelotón de informadores a la voz de “queridos compañeros" con la mirada puesta en las compañeras. Recordó Anson sus tiempos de corresponsal y en particular la toma de Leopoldville, en la guerra del Congo. Describió el saqueo de las tropas en las que iba empotrado y cómo al entrar en una tienda encontró a una joven blanca con la mirada perdida que apenas era capaz de hablar. En los días siguientes volvió a verla en el mismo sitio y en la misma actitud hasta que preguntó a unos vecinos qué hacia aquella colona allí tan desamparada. Y le contaron que el saqueo le había pillado en la tienda; que los mercenarios la ataron en una silla y que al bebé que llevaba en brazos lo habían hecho lonchas en una máquina charcutera ante sus ojos. “Eso es la guerra", sentenció Anson helando de paso las hertzianas. |