Stalingrado
por Rafael Narbona

MIÉRCOLES 27 DE ABRIL DE 2011 A LAS 17:16 HORAS
Opinión > Cultura
 
Bookmark and Share

 

 

Nadie ha preparado nuestra evacuación. La munición escasea y la moral está por los suelos. No parecemos hombres. Nos protegemos del frío con harapos, los piojos se ensañan con nuestra carne tumefacta, los pies se niegan a moverse y el hambre se ha convertido en una obsesión más poderosa que el deseo de sobrevivir. Hace unos días, intenté escribir una carta a mis padres, pero sólo conseguí anotar una palabra: “Hambre”. Avergonzado, rompí el papel y me acurruqué en mi pozo de tirador, anhelando una muerte rápida.

 

Si consigo regresar a casa, sólo seré un soldado derrotado. No habrá honores ni desfiles. Nadie mostrará interés por conocer mi historia. Se escucha al vencedor, se celebra su coraje, se elogia su capacidad de sacrificio. Si Alemania pierde la guerra, me convertiré en un criminal. Hemos combatido al enemigo sin ofrecerle tregua, incendiando aldeas, fusilando a judíos, partisanos y comisarios políticos. Hemos enviado toneladas de trigo a Alemania, condenando a morir de hambre a la población civil. El Sonderkomando 42 de las SS nos acompañó desde la frontera occidental de Ucrania hasta Stalingrado. Mi unidad colaboró en la tarea de agrupar a los judíos de Kiev y trasladarlos hasta el barranco de Babi Yar. Cuando empezaron las ejecuciones, se desató el pánico, pero respondimos con dureza. Recuerdo que me ardían las manos de disparar sin descanso. Ahora casi no las siento y la punta de los dedos se ha vuelto azul.

 

 

Cuando empezó la invasión el 21 de junio, nadie dudaba de la victoria. Los carros blindados parecían invencibles con el apoyo de la aviación. Nos empujaba un sentimiento de ebriedad y júbilo que renovaba nuestra fe en Hitler. Al contemplarnos desfilar, Hitler exclamó: “¡Con este Ejército, asaltaré los cielos!”. Todos pensábamos que el nacionalsocialismo representaba la esencia de la nación alemana. No esperábamos que los rusos combatieran con tanta determinación. Casi ninguno se rendía, salvo los que se pasaban a nuestras filas, huyendo de los bolcheviques. Los “hiwis” nos enseñaron a luchar en los bosques y en mitad de la noche, pero la desigualdad numérica convertía nuestras victorias en algo insignificante. La rabia nos hizo más implacables. Los fusilamientos adquirieron un carácter festivo. No malgastábamos balas con los comisarios políticos. Los ahorcábamos y a veces sacábamos fotografías para enviarlas a casa. No parecían seres humanos, sino muñecos de trapo. Los rusos intentaban frenar nuestro avance quemando sus propias aldeas. La población civil huía por la estepa, mientras perdíamos una y otra vez la oportunidad de abastecernos.

 

 

El invierno se adelantó a las previsiones del alto mando. Nuestros uniformes  apenas nos protegían del frío. Las ruedas de los vehículos se hundían en el barro y no lograban avanzar. Los caballos a veces conseguían rescatarlos, pero el esfuerzo los dejaba exhaustos o les costaba la vida. Pocas cosas son tan conmovedoras como los ojos agonizantes de un caballo. Cuando se negaban a levantarse, aceptábamos con tristeza que sólo podíamos aliviar su sufrimiento, apoyando el cañón de una pistola detrás de su oreja y apretando el gatillo. El pobre animal agitaba las patas con una violenta convulsión y expiraba con un suspiro sobrecogedor. En esos días, se produjeron los primeros suicidios y las primeras deserciones. A veces, los desertores regresaban a nuestras filas, hambrientos y agotados, con los ojos rebosantes de desesperación. No perdíamos mucho tiempo con ellos. Los fusilábamos y dejábamos sus cuerpos tendidos en la nieve. La guerra tiene su propia lógica y no hay espacio para la debilidad ni la compasión. Los rusos también lo saben. Nos enviaban perros con cargas explosivas adheridas al pecho. Se acercaban con la lengua fuera, corriendo con incomprensible ansiedad. Al parecer, les habían entrenado para buscar comida debajo de los carros blindados. Al principio, sonreíamos, sin comprender lo que sucedía. Aún recuerdo la primera explosión. El sonido me dejó sordo durante unos minutos. La onda expansiva me arrojó al suelo. Tuve suerte. Ningún trozo de metralla se incrustó en mi carne. No recuerdo el número de bajas, pero no he olvidado los aullidos de dolor de los que rodaban por la nieve, intentando apagar las llamas. Los más afortunados murieron en el acto. Desde entonces, disparamos contra cualquier perro que se cruce en nuestro camino.

 

 

Casi todos los que avanzamos en primera línea, hemos matado a algún compañero. En mitad de una tormenta de nieve, sólo aprecias sombras. Disparas a ciegas, pero cuando descubres que has cometido un trágico error, sólo cabe agachar la cabeza y agradecer que no se trate de un amigo. Los rusos nos atacan con oleadas sucesivas. Actúan como una horda primitiva. El alemán se somete a la disciplina porque reconoce la importancia de la autoridad. El ruso corre a ciegas, como una gallina decapitada. Es un pueblo inferior. Por eso, carecen de táctica. Se limitan a inmolarse como carne de cañón. Nos sorprendió que las mujeres también combatieran. Algunas son excelentes tiradoras, incluso en largas distancias. Sería un error considerar que merecen un trato diferente. Sus balas son igual de mortíferas y las nuestras no pueden estar sujetas a consideraciones caballerescas.

 

 

La aviación bombardeó Stalingrado para facilitar el avance a la infantería, pero la ciudad quedó reducida a cascotes. Cuando cruzamos el Volga, casi todos hundimos la cabeza entre los hombros, buscando la protección de nuestros cascos de acero. Los altos edificios en llamas proyectaban su sombra sobre una orilla atestada de gabarras rotas y maquinas de guerra convertidas en hierros retorcidos. Al desembarcar, notamos de inmediato el olor de los cadáveres enterrados entre los escombros. Algunos vomitaron, pese a ser un hedor familiar. En seguida, comenzaron las bajas causadas por francotiradores emboscados en las ruinas. Los obuses levantaban espesas nubes de polvo, que nunca llegaban a disiparse del todo. Gateábamos para no ser blancos fáciles y cuando los Stukas dejaban caer sus bombas, nos aplastábamos contra el suelo. El ruido no se interrumpía de día ni de noche. Era un estruendo donde se mezclaban la artillería, el fuego antiaéreo, el tableteo de las ametralladoras, las imprecaciones y los gritos agonizantes de los heridos, que gemían como animales moribundos. 

 

 

Las calles estaban bloqueadas por fachadas desmoronadas, bloques de mampostería, restos de azoteas, puertas y ventanas. Los blindados apenas podían maniobrar. Se combatía en habitaciones semiderruidas, pasillos, sótanos, fábricas, almacenes. Los zapadores trabajaban sin descanso, colocando minas, pero pagaban un precio terrible. Eran los primeros en caer. De noche, nos atacaban escuadras especializadas en lucha callejera, que empleaban con la misma destreza los lanzallamas y las armas blancas. Disparábamos al más pequeño ruido, malgastando munición y acompañando cada descarga de una sarta de maldiciones. Los Katiusha propagaban un terror incontenible. Los cohetes de 130 mm nos diezmaban. Combatíamos el desánimo bebiendo alcohol industrial e incluso anticongelante. Para prevenir los daños, lo filtrábamos con el carbón de las máscaras antigás, pero los que habían perdido su mascarilla lo bebieron igualmente. Algunos perdieron la razón; otros murieron entre horribles espasmos.

 

 

Uno de mis oficiales avanzaba por una alcantarilla cuando se encontró de frente con un ruso que le arrojó una granada de mano. La metralla le desfiguró la cara. Esa misma noche se voló la cabeza. Dejó una nota: “Con este aspecto, soy la forma de vida más baja a los ojos de una mujer. No quiero vivir así”. En Stalingrado, hay muchos huérfanos. A veces les ofrecemos un trozo de pan a cambio de que rellenen nuestras cantimploras con agua del Volga, pero los francotiradores del Ejército Rojo descubrieron pronto el ardid y empezaron a matarlos sin compasión. Sería absurdo acusarles de barbarie. Nosotros habríamos hecho lo mismo. 

 

 

Después de pasar unas horas en un hospital de campaña, se esfumó mi última hebra de humanidad. Tenía una esquirla alojada en el cuello, cerca de la columna vertebral. Me sentía afortunado de no estar muerto o paralizado. Un cirujano me atendió  en seguida. Se daba prioridad a los soldados que podían regresar al frente. Me liberaron del molesto fragmento con un bisturí. Mientras hurgaban debajo de mi piel, contemplé cómo agonizaban los heridos graves. El cirujano apreció mi consternación. “No podemos hacer nada. Las heridas en el estómago o la cabeza sólo pueden tratarse con un equipo y cada intervención se prolonga un par de horas, con unas posibilidades de éxito del 50%. Imposible. Nuestra misión es curar a los soldados que aún pueden combatir”. A nuestro lado, dos cirujanos con delantales de caucho realizaban una amputación tras otra, arrojando brazos y piernas a cubos de plástico. Un ayudante pasaba una fregona por un suelo encharcado de sangre. Salí al exterior mareado, jurando que si caía herido, reservaría mis últimas energías para levantarme la tapa de los sesos.

 

 

El invierno se recrudeció hacia mediados de diciembre. Un viento afilado cubrió de hielo las líneas de telégrafo, los árboles, los escombros. El suelo se endureció hasta adquirir la consistencia de una plancha de metal. Las pisadas retumbaban como golpes de tambor. De noche, la oscuridad se estremecía con reflejos azulados. A partir de entonces, se dejó de cantar en los refugios y en los búnker. El hambre nos consumía poco a poco. Los cadáveres recordaban pavorosamente a los vivos. El frío los mantenía intactos, pero se apreciaba con nitidez la huella del hambre: mejillas hundidas, músculos consumidos, ojos agrandados por la desaparición del tejido graso. Las bajísimas temperaturas transformaron la sencilla operación de ponerse y quitarse los guantes en un esfuerzo penoso. Un médico me explicó que la combinación de cansancio, frío y tensión alteraba nuestro metabolismo, impidiéndonos asimilar las calorías. La privación de sueño agravaba nuestro deterioro. Los ataques nocturnos nos impedían descansar o permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. La fatiga se hizo crónica, pero un capellán aún encontró fuerzas para interpretar unas piezas de Schubert y Mozart en un piano milagrosamente intacto, que había sobrevivido a los bombardeos en una sala de conciertos con el techo parcialmente derruido. El sonido de los cohetes Katiusha apenas nos permitió escuchar las piezas, pero el capellán no cesó de mover sus manos y acompasar la melodía con un inaudible susurro. Al mirarle a los ojos, descubrí el terrible aleteo de la locura.

 

 

Los rusos alternaban los Katiusha con la guerra propagandística. Desde unos altavoces, nos pedían en un correctísimo alemán que nos rindiéramos, asegurando que Stalingrado sería la tumba del fascismo. Al llegar las navidades, un oficial con estudios de teología dibujó una Virgen abrazando a un Cristo recién nacido y colgó la imagen en su búnker, escribiendo al pie: “Luz, vida, amor”. Por primera vez lloré y maldije a Hitler. Maldije todo lo que había hecho, sentí vergüenza, espanto, rabia, tristeza. Miré mis manos y recordé mi participación en la matanza de Babi Yar. Mi alma estaba condenada y Hitler ya había resuelto abandonar al VI Ejército a su suerte. Ya no quedaban caballos. Nos los habíamos comido poco a poco. Ni siquiera podíamos enterrar a nuestros camaradas. Era imposible cavar en un suelo duro como la piedra. Todos tiritábamos de frío, pero cuando nos acercábamos a una hoguera los piojos salían de su letargo y enloquecían, picándonos con una saña que insinuaba un odio impensable en un ser tan diminuto. Los ratones también se encarnizaban con nosotros. Si te dormías sin las botas, te arriesgabas a despertar sin dedos en los pies. El frío los congelaba y los ratones se los comían sin que lo apreciaras. La desnutrición produce alucinaciones. Algunos soldados juraban que escuchaban voces hablando del pecado y la redención. Un oficial mató a un hombre que gritaba sin parar, afirmando que no habría perdón para nuestros crímenes. Le disparó en la cara y miró alrededor, mientras empujaba el cuerpo por un terraplén: “¿Hay algún traidor más?”

 

 

He oído que algunos oficiales han prohibido matar a los caballos y comer su carne. Al parecer, se compadecen de su sufrimiento cuando observan a los pobres animales masticar con desesperación un trozo de madera. He oído que los prisioneros rusos se mueren de inanición y que han surgido casos de canibalismo. He escuchado que el Ejército Rojo prepara el último asalto. Espero en mi pozo de tirador, con las manos y los pies protegidos del frío con un anticongelante amarillo. He conseguido un uniforme nuevo. Se lo he quitado a un soldado con un tiro en la frente. Tuve que actuar con rapidez, pues cuando se congela un cadáver es imposible desvestirlo.

 

Escucho un rumor que no cesa de crecer. Asomo ligeramente la cabeza y descubro una multitud de banderas rojas. Los rusos estarán aquí en unos minutos. Estoy muy débil. Casi no puedo moverme, pero he abierto la boca y ya noto el frío del metal en mi lengua. He apuntado al paladar. Dentro de unos segundos, todo habrá acabado. Hace unos días perdí mi chapa de identificación. Ahora me alegro. Si pudiera borraría mi paso por este mundo. La estepa ha destruido todos mis recuerdos de infancia y juventud. Sólo soy un cuerpo aterido y desnutrido. Mi mente se ha desentendido de mis seres queridos. Sólo quiero dejar de existir. Antes de apretar el gatillo, he notado cierta embriaguez. No es la embriaguez de la victoria, sino la embriaguez de morir y dejar de escuchar los gritos de Babi Yar. 


Comentarios
antonio raya tellez ANTONIORAYAT@HOTMAIL.COM
lunes 26 de marzo de 2012 a las 23:54 horas
EN NUESTROS DIAS EXISTEN MUCHOS HITLERS REPARTIDOS POR EL MUNDO DESEOSOS DE ARRASTRAR A SUS PUEBOS A UNA GUERRA LA GENTE JOVEN DE TODO EL MUNDO DEVE ESTAR ALERTA PARA QUE ESTO NO OCURRA
[1-1]

ENVÍA TU OPINIÓN
 
Nombre y Apellidos Correo Electrónico (*) Clave Publicación (*)
Comentario:

Imagen de Verificación:
Escriba el Código:

* Campos Opcionales
 

OPINIONES de Rafael Narbona

Una tarde de toros (30/mayo/2011)
Ernesto Sábato ( 3/mayo/2011)
Stalingrado (27/abril/2011)
La enfermedad mental y sus mitos (19/abril/2011)
Los niños maltratados (13/abril/2011)
Notas para un futuro suicidio ( 4/abril/2011)
Querida Elizabeth Taylor (28/marzo/2011)
Los galgos ahorcados (22/marzo/2011)
Los derechos de las mujeres (14/marzo/2011)
Trastorno bipolar ( 7/marzo/2011)