Más que justificada está la polémica de los viajes de sus eurodiputadas señorías, que van de escándalo en escándalo para vergüenza de la política en general. Juntando los tres bochornos que han protagonizado útimamente, el perfil que nos sale produce náuseas: fichan para cobrar la dieta pero no van a trabajar; aceptan el encargo legislativo de grupos de presión y, finalmente, se vuelven a casita en bussines class para no juntarse con la chusma.
Y todo por el módico salario de unos 6.000 euros al mes más dietas y una incierta cantidad de dinero fijo al mes con el que pueden contratar a amigos, cuñados y familiares en general. Y si todo eso falla, siempre habrá una gran empresa energética a la que el partido probablemente haya ayudado a subir tarifas para dar un buen curro al presunto representante del pueblo: ahí tienen al ínclito Manuel Marín, fichado por Iberdrola tras vivir del cuento político desde la noche de los tiempos.
No son los únicos privilegios, y sobre este asunto de los viajes, tan simbólico, casi puede escribirse un libro: porque sus señorías nacionales también mean colonia y todo lo que no sea desplazarse en el AVE o con coche oficial les provoca al parecer sarpullidos. Está bien hablar de la gleba como si les importara, pero a la hora de la verdad la gleba mejor muy lejos, no sea que les contagie algo infeccioso.
En ese panorama, que pueden repasar en el imprescindible libro La Casta, de Daniel Montero, hay excepciones que demuestran dos cosas: que no es imprescindible gastar de más aporvechándose del cargo y que, felizmente, no todos son iguales.
Aquí acompañó Aguirre al Atlético, pero no es pose: igual que se junta con los aficionados en este acso, lo hace con los ciudadanos en sus vuelos en clase turista
Ahí tienen a la presidenta de la Comunidad de Madrid, bastante viajera por razones políticas e institucionales, que siempre ha utilizado un billete de turista: para vuelos nacionales y europeos, pero también para transoceánicos. Y lo ha hecho cuando había dinero y cuando no lo hay, incluso en casos de viajes colectivos en los que otros compañeros del PP de alto copete optaban por la modalidad "me puedo tumbar" para no sufrir las estrecheces del resto de mortales.
Esperanza Aguirre se mezcla con la gente, habla con ellos y jamás se ha parapetado en el cargo para justificar un derroche que no es el chocolate del loro ni ética ni económicamente. Y que no sea una cosa de ahora, sino una costumbre aplicada hasta en tiempos de bonanza, saca los colores a todos esos políticos que dicen estar dispuestos a renunciar a ese privilegio. Como si hubiesen estado obligados a punta de pistola y no les quedara más remedio.