En España tenemos tendencia a dejar que los dictadores se mueran en la cama y a considerar que los golpistas son cosa del Rey. Ahora hay mucho luchador por las libertades en nómina que cuando entonces padecía escoliosis de tanto agacharse bajo la mesa: si hubiera habido la mitad de la mitad de antifranquistas de los que ahora dicen haberlo sido, el general tripudo no habría sembrado tantas malvas antes de fertilizar las suyas propias.
No son difíciles de reconocer: adjudican el papel de fascista a cualquiera con la misma ligereza con que se arrogan un puesto en la Resistencia, aunque los datos biográficos, las pruebas documentales y el más elemental sentido común desmientan habitualmente ambos extremos y tiendan a corroborar la especie de que unos y otros se dedicaron durante cuatro décadas a ver el fútbol por la televisión.

Egipto, Libia, Bahrein, Túnez o Marruecos han soportado a sus franquitos con idéntica paciencia o abnegación, aunque en el último momento se hayan echado a la calle a buscarse su propia Transición, valiente, compleja y no exenta de la amenaza de un nuevo 23-F: todo el mundo sabe que Mubarak, Gadafi o Mohamed son unos sátrapas fumigables; pero nadie sabe aún quién se aprovechará de esa evidencia para intentar que Málaga se convierta en Malagón. O en Persia.
Entre fallidas Alianzas de Civilizaciones y Ligas Mediterráneas, pensadas presuntamente para acercar la democracia a las dictaduras pero utilizadas para barnizar las tiranías de un halo de decencia que nunca ha existido; queda la sensación de que el mundo -y un poco más España- sólo sabe soportar tiranos o hacer negocio con ellos mientras el respetable se pregunta si merece la pena eso de la geopolítica o es otro eufemismo para camuflar la mezcla de desvergüenza, incompetencia y la habitual estupidez.
Para que nos entendamos, el papel de Europa y de Estados Unidos en Oriente equivale a cantarle nanas al Generalísimo; donarle órganos de gente viva en el lecho mortal por si acaso; dejarles unas pistolas a los fans del Régimen para que tomen el Congreso; esperar a que el David del arrabal pueda con los Goliath del Ejército y, finalmente, colocarse en primera fila de saludo y sueldo cuando la democracia se imponga indefectiblemente a la sangre.
Un poco de bochorno, al menos: ¿Se callen, coño? |