
ALONSO GUERRERO
Rosell, el presidente de los empresarios, un colectivo de eternos y falsos dolientes, se ha apuntado al carro de la Merkel y anda repitiendo, como el negro de Casablanca, aquella canción que añoraba volver al pasado, a la Europa más competitiva de Mr. Scrooge. Los sueldos no deben subir según el IPC, sino según los beneficios empresariales. Es decir, los sueldos no deben subir jamás, porque la empresa es una estafa piramidal donde siempre pagan los de abajo. Ni se comparten los bonus de sus dirigentes, ni las curvas de sus secretarias. ¿Ha declarado la empresa, alguna vez, beneficios que puedan revertir en gente que no sean sus accionistas?
Lo que quieren firmar la Merkel, Zapatero y Rosell, que parece un Felipe IV dirigiendo las subastas de Shoteby's, y muy pronto Toxo y Redondo, es un nuevo feudalismo. De esa forma el trabajador, que tiene que comer, por eso está por debajo del empresario, que no lo necesita, queda al amparo de la empresa y sólo percibe el clásico 3% de aumento salarial si el empresario gana un diez mil por ciento más. Ese es el capitalismo, que inventó en 1929 la llamada competitividad, y ahora ha inventado la llamada crisis, para que los trabajadores acepten que tienen cuatro patas, un rabo con el que espantar moscas, y coman la mala paja que les dan en el Congreso. En la mesa de negociación de Zapatero, los empresarios y el tío Gilito colaboran para que el pueblo olvide lo que aprendió con Barrio Sésamo: dónde es el arriba y dónde el abajo.
Es evidente que todo se reduce a esto, a forzar que sociedades medianamente igualitarias vuelvan a aceptar que los ricos también lloran. Después de años de educación bobalicona, en que unos socialistas elegidos entre los pacientes del Dr. Caligari han echado sus ideas a los cerdos, viene la Merkel y nos dice que si queremos ser como Alemania tendremos que trabajar más, pero a cambio de perder poder adquisitivo. La diferencia entre ellos y nosotros estriba en que sus ricos son menos ricos, y sus siervos feudales menos pobres, por eso no asumen el derecho de pernada.
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