ANTONIO CAMPUZANO
Ahora que tanto se habla de transición, especialmente en Egipto, también es tiempo de hablar de transición en España. Hay unas cuantas asociaciones de defensa de aquel memorable hecho histórico, pero la más fetén es aquélla que impulsan Aurelio Delgado y el general Cassinello, que labran los surcos de una agenda anual de moviolas de aquel fenómeno adaptado a los tiempos presentes, para su estudio y aportación de lecciones. El otro día sin ir más lejos le tocó en esa línea hablar a Alfonso Guerra, en Madrid, de las implicaciones del texto constitucional de 1978, su gestación y sus derivas. Por allí estaban gentes de Alcalá, Abel Cádiz y Enrique Baquedano, ya metidos en la vorágine sentimental de este sello. Y paralelamente a ello, se nos muere Maria Schneider, la protagonista de El último tango en París, quien en 1972, de acuerdo con Bernardo Bertolucci y Marlon Brando, y sin querer, pusiera de su parte en ese escenario preparatorio de la transición española. El pueblo español se retrató en ese cartel anunciador, con Schneider y Brando, sentados, abrazados, desnudos, con los visillos del final del fotograma, en un París de color naranja como toda la cinta del italiano. Se vio en España, ya enterrado el general invicto por los demócratas, que sobrevivió a las oposiciones en posición horizontal, en la misma que murió, es decir en la cama. Con la desaparición de Maria Schneider algo se muere también de aquel espíritu inquebrantable lleno de premoniciones, de actos incontrolados, de avances cautelosos, de amenazas apenas cuidadas. Aquel rostro juvenil, junto al perfil medio asiático, mdio selvático del Marlon Brando, representaba quizá la ternura con la que echaba a andar la democracia española. Las eclosiones políticas, las mediáticas, los destapes, todo aquello resultó incontenible, era el paso imparable de las libertades. La mantequilla utilizada sin aplicación gastronómica era un obsceno y al mismo tiempo saludable icono para hacer entender que en España los usos y costumbres democráticos quizá también necesitasen de esas ayudas extrapolíticas para culminar las metas, los objetivos, para hacer las tareas. Sin cumplir los sesenta años Maria Schneider ha rendido su vida terrenal. Contrariamente y pese al poderoso influjo testimonial aquí traído por la actriz, la democracia española está viva y coleando. Pasará lo que pasará, pero aquellos símbolos han enraizado muy fuertemente. |