
ALONSO GUERRERO
Merkel vendrá a España para llevarse a Alemania gente preparada. No quiere ofender, así que lo hará siguiendo el protocolo europeo: por solidaridad, aunque parezca por caridad. Pero Alemania pide demasiado: no busca trabajadores que hayan leído a Kant, sino titanes que hayan conseguido superar nuestro propio sistema educativo. Resulta que aquí más del 30% no acaba los estudios de secundaria, pese a que los estudios de secundaria tienen la misma dificultad que planchar un calcetín. Sólo los países donde no hay escuela superan nuestro abandono escolar. Nadie ha informado a la Merkel, graduada en el Gymnasium, que aquí Marchesi y Bolonia nos han quitado la única posibilidad que teníamos de servir para algo.
La educación española sufre desde hace décadas la ineptitud y el fanatismo de los que nos gobiernan. Más politizada que una televisión autonómica, jamás ha sido capaz de ponerse al servicio del interés general. La explicación que da el Ministerio de tal porcentaje de abandono se apoya en nuestra peculiaridad como país, evitando así referirse a las peculiaridades de nuestros políticos. Un gesto político hubiera sido desarrollar la Formación Profesional, para que los que prefieren no saber qué es la teoría cuántica se dediquen, simplemente, a ganar dinero, pero se ha preferido separar la educación privada de la pública, es decir, a los que tienen un camino marcado de los que aún tienen que elegirlo. La primera aglutina a los alumnos más disciplinados, la segunda, la pública, a los mejores enseñantes, encargados de cuidar de que los chicos que sólo sueñan con un trabajo en el Ahorramás dejen que los otros, los ávidos de conocimiento, sueñen con ir a Alemania.
Aquí la educación no forma, ni educa, así que dudo que a la Merkel le interese un sistema que ha copiado el igualitarismo de los trenes de Auschwitz. Educamos teniendo que elegir entre el tercermundismo de la iglesia y el de las tinieblas, que es la única igualdad que nos podemos permitir, la más asequible. España sigue invertebrada, pero confiamos en que la Canciller alemana haya traído suficientes pateras para llevarse a toda una generación perdida.
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