
ALONSO GUERRERO
Los españoles recuperamos, poco a poco, nuestro viejo hábito: la doble vida. La democracia nos había dado esperanzas de tener derechos si pagábamos impuestos, pero nuestros políticos, que van en Audis de medio kilo, como los chulos de Sunset Boulevard, y dicen que la economía estadounidense, nos obligan a salir por la puerta trasera de la casa, como Mr. Hyde, y ganarnos la vida de espaldas a Hacienda, un ministerio al que todo el que lleve un pinganillo en la oreja puede esquilmar. Ahora ya sabemos que la política es un negocio familiar que, como los bancos, no tiene más remedio que maquillarse con un letrero que se vea en la calle y donde ponga Obra Social.
Igual que los empresarios a sus trabajadores, los políticos ningunean a sus votantes. Así que el personal no tiene más remedio que volver a la doble vida de la economía sumergida, como los pescadores de perlas de Steinbeck. El último pacto entre Gobierno y sindicatos sobre las pensiones es buena muestra de hasta qué punto en la tarjeta de visita de los trabajadores debería poner: pasiones inútiles. Aquí, la gente se construye el arca de Noé en el patio trasero, para no necesitar otros bancos que no sean bancos de sangre.
Todo el mundo tiene una doble vida. Ahora, cabezas parlantes llevan máscara de socialistas. Los banqueros van a hacer el mayo del 68, después de que un juez catalán haya fallado contra la crucifixión de quien solicitó un préstamo hipotecario. Las cajas españolas tienen más misterios que la de Pandora, y los sindicatos se han puesto la máscara de recaudadores de este Gobierno de spittin images. Uno echa de menos ese 3% de ADN que nos separa del chimpancé. Salgado, la Ministra de Economía, se parece cada vez más a La Giocconda. Y en la montaña mágica de Davos, un montón de sibilas forradas hablan de lo que no debería hacerse, y de cómo hacer eso mismo. Nuestro único consuelo va a ser que la señora Pilar Eyre ceda los anaqueles que ocupa en las librerías a Shakespeare, que sabía más de reyes.
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