Barreras
por Juan Antonio Moreno

JUEVES 27 DE ENERO DE 2011 A LAS 18:59 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Un  primer plano sobre una bola a la que dirige su óptica la agitada cámara de Pablo (Hugo García) define, quizá, la metáfora sobre el nuevo destino de este niño que afronta una nueva etapa en su vida tras la separación de sus padres, y  sirve como enigmática introducción a Emetreinta de Javier Garmar y Gonzalo de Pedro.

La pieza, que ha participado en la última edición del Festival de Cine de Alcalá, aborda el proceso de adaptación del niño a esta nueva realidad. Su primera visión es un puente impresionante aunque, antes, casi choca con una pared. El paisaje que le acompaña está rodeado de muros de hormigón y, sobre todo, de mucho ruido.

Pablo intenta moverse en un espacio reducido y en un entorno hostil en el que, curiosamente, lo más estético tal vez sean los ‘graffitis’ que adornan esas vallas que impiden su libertad.

Se intuye una separación un tanto difícil. En una escena el joven habla con su padre y su madre le interrumpe bruscamente: “si no ayudas, no molestes".

El escenario natural de su recorrido es una acumulación de verjas aunque él intenta acomodarse. Su voz susurrante comparte con su progenitor el detalle de sus nuevos descubrimientos. Ese momento con la puerta en movimiento, me trae a la memoria  El Sur de Víctor Erice.

A lo largo de este proceso iniciático el niño protagonista advierte que existe alguna válvula de escape de la opacidad de su existencia: las escaleras hacia el puente se convierten en ilusión, deseo y desafío para abandonar su enclaustrado mundo.

La fotografía de Javier Cerdá penetra en ese espacio lineal donde confluyen barreras metálicas que acotan un lugar absolutamente angustioso. La cinta deambula con un montaje eficaz - como siempre- de Fernando Franco, quien crea un mosaico de sensaciones que discurren al ritmo sonoro del estupendo tema Rockets Fall on Rocket Falls de Godspeed you! Black Emperor.

La película escrita por Javier Garmar desprende destellos que golpean nuestra mente. Emetreinta es una obra de contrastes: la luz con la sombra, el silencio con el ruido pero, ante todo, es la mirada e iniciación de un joven que intenta comprender esa nueva trayectoria que le toca vivir en un medio en el que los escasos árboles existentes, se ven amenazados por una "modernidad" inmobiliaria apabullante.

Este cortometraje conecta sin duda con ese cine íntimo y de mirada límpida de Erice e incluso de Truffaut. Su idea es el aprendizaje  como elemento que aglutina un discurso fílmico notable. De Pedro y Garmar realizan un ejercicio arriesgado, creando una obra intimista: la liberación tan solo se logra al final de la meta, que es ese puente que se alza sobre la M-30, que  da título a esta pieza sublime.


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