Distrito 9 es una película sudafricana dirigida por Neill Blomkamp que se presenta como producida por el neozelandés Peter Jackson (El señor de los anillos, ¿Tintín: El secreto del unicornio?), un claro ejemplo de que no guarda rencor por el resultado de la polémica final de la Copa del Mundo de Rugby de 1995. Normalmente para el público los productores son unos nombres que salen en los títulos de crédito porque firman los cheques que hacen posible el inmenso desembolso que es cualquier largometraje. Durante la era de los grandes estudios cinematográficos de Hollywood existieron algunos productores sobresalientes como Irving Thalberg, Darryl Z. Zanuck, David O. Selznick y Hal B. Wallis que no sólo eran ejecutivos que vigilaban la gestión financiera de un negocio, sino también verdaderos amantes del cine que usaban su capacidad de control para ayudar a crear entretenimientos de ver y olvidar y, en determinados casos, obras de calidad perdurable. En el caso de Distrito 9, visto que la historia procede de un corto de 2005 escrito y dirigido por Blomkamp, la contribución fundamental de Jackson parece más bien un nada desdeñable aval publicitario del tipo de: “Del guionista de Historia de un gluón” o “De los maquilladores de El hombre lobo contra los klingon.” El punto de partida de Distrito 9 es similar al de Alien nación (1988). Llega a la Tierra una nave llena de alienígenas, pero su estado es más parecido al de náufragos que al de conquistadores o comerciantes interestelares. Tras quedar su gigantesco transporte varado sobre el cielo de Johannesburgo e instalarse sus ocupantes en Soweto como si fueran refugiados de una guerra entre humanos, empiezan los problemas de convivencia entre especies. Pero lo que parece una metáfora demasiado evidente, contada con técnicas de falso documental televisivo (entrevistas, imágenes de archivo, rodaje cámara al hombro, filmación desde helicópteros), gana densidad porque se convierte en la tragedia de Wikus Van De Merwe, un empleado de la corporación encargada de realojar a los extraterrestres. Al manipular un artilugio, es salpicado por un líquido negro que empieza a producirle cambios de aspecto físico y de metabolismo, en la línea de los que sufría Jeff Goldblum en La mosca (1986), versión, bastante cambiada por su director y coguionista David Cronenberg (Promesas del Este), de la película homónima de 1958. Con un ritmo sin pausa pero no confuso, Wikus y sus improvisados aliados extra-solares, llamados coloquial y despectivamente gambas, se ganan nuestra simpatía en su lucha desigual contra los mercenarios privados y la mafia nigeriana en una ilustración clásica sobre qué conducta es realmente la más humana. El final casi reclama una secuela. |