PEDRO P. HINOJOS
Una ciudad tiene que ser algo más que la suma de un montón de edificios. Y los edificios, a su vez, deben representar algo distinto a un puzzle de ladrillos y hormigón. En ese intercambio decente, en el decoro de las formas, está la clave de una arquitectura amable y humana.
A esa filosofía se aferra Rafael Moneo, uno de los grandes nombres de la arquitectura española, del que acaba de salir Apuntes sobre 21 proyectos, una antología sobre sus cuarenta años de carrera contada a través de sus trabajos más conocidos. Muy cerca estuvimos en Alcalá de probar esa filosofía; y, quien sabe, de formar parte de esa antología que a buen seguro estará en el pack de los regalos estilosos de estas Navidades.
Fue a comienzos de esta década, siendo alcalde Manuel Peinado. Se planteó entonces la posibilidad de construir una nueva sede del ayuntamiento, y dejar el actual Convento de Agonizantes solo para los actos municipales más solemnes. Por aquel entonces, el autor de la estación de Atocha, el Kursaal de San Sebastián o la ampliación del Prado, era el arquitecto de moda, tras ser reconocido con el prestigioso premio Pritzker, el ‘Nobel’ de la arquitectura. Y aquel Gobierno municipal pensó que el hombre ‘de los cubos’, como le llamaban sus detractores, sería la marca de prestigio para el nuevo palacio municipal, cuya ubicación estaría en el viejo recinto ferial. Las gestiones avanzaron e incluso el alarife navarro llegó a visitar el lugar.
Fue un lunes, día de mercadillo. Pero el encargo no se materializó. Y no por el pandemónium que recibió a Moneo en el ferial, sino más bien por el asedio que aquel Gobierno de la peatonalización y la Alcalá en verde y azul recibía desde todas las direcciones, por dentro y por fuera. La arquitectura con firma, no obstante, sigue ganando terreno en las ciudades, incluidas las históricas, con su compleja convivencia entre el pasado y el futuro. Y lo que siempre triunfará es la ciudad humanizada también por sus edificios.
Sirva de ejemplo la espectacularidad de la iglesia de San Juan de Ávila, de Eladio Dieste, perdida en mitad de Iviasa. Donde estén esos sencillos ladrillos ondulantes que se quiten todos los mármoles. |