El final de una década es un momento tan bueno como otro cualquiera para hacer balance, aunque sea el de esta década tan extraña que para algunos desorientados ha durado once años. Con todo lo subjetivo y cuestionable que siempre es un juicio así, lo mejor que recuerdo haber visto es la serie de televisión The Wire - Bajo escucha. (No todas las opiniones son respetables, aunque haya que tratar con respeto esforzado y categórico a las personas que las emiten.)
Producida por la cadena de pago HBO, The Wire (2002-2008) se ha beneficiado de dos libertades: no depender de audiencias millonarias para mantenerse en antena y no tener que estructurar los episodios con la obligación de intercalar varias pausas dramáticas para emitir bloques de publicidad. Gracias a ello sus creadores la han convertido en una rara avis del medio porque funciona por acumulación. No sólo cada capítulo tiene que ver con el anterior, sino que en cada temporada, aunque centrada en una investigación específica, reencontramos hechos y consecuencias de momentos anteriores aparentemente casuales. Esa densidad, que la ha llevado a ser definida a menudo como una gran novela en formato audiovisual o como un largometraje de sesenta horas de duración, exige algo que muchos telespectadores no están predispuestos a hacer: un esfuerzo mental sostenido para alcanzar una enorme satisfacción diferida.
El principal culpable de esta intrincada visión es David Simon. Antiguo periodista del Baltimore Sun convertido en guionista y productor es el motor y el imán creativo de la serie. En torno a él se han sumado diversos talentos. En primer lugar Ed Burns, antiguo policía de homicidios y profesor de secundaria también en Baltimore, que aporta sus conocimientos sobre el funcionamiento de los sistemas policial y educativo. Otro elemento clave fue el productor ejecutivo, fallecido en 2004, Robert Colesberry que, en palabras de Simon, "creó el patrón visual para The Wire" y además interpretó al desastroso detective Ray Cole en diez episodios y dirigió el último de la segunda temporada. Entre los guionistas, que son los que con su buen oído y su saber hacer han logrado que cada detalle resulte creíble y encaje, hay tres reputados autores de novela negra (George Pelecanos, Dennis Lehane y Richard Price) y especialistas como Bill Zorzi (periodista encargado de política municipal) y Rafael Álvarez (antiguo trabajador portuario).
Compuesta por cinco temporadas de 13, 12, 12, 13 y 10 episodios respectivamente, The Wire arranca como un clásico enfrentamiento entre la policía de Baltimore y una banda de traficantes de drogas. Un juez en precampaña electoral "siente-alarma-social" y autoriza la escucha que desencadena una gran investigación. Pero a partir del cuarto episodio conforme muestra lo minucioso, lento, tedioso y obstaculizado que es el auténtico trabajo policial queda claro que no se trata de una historia al uso ni por su fragmentada estructura narrativa, ni por la poliédrica presentación de los puntos de vista de todos los implicados, ni por su tema de fondo: la futilidad e hipocresía de la llamada guerra contra la droga.
Una vez establecido el punto de partida, que puede recordar a la conclusión de Traffic (2000) de Soderbergh y Gaghan, la segunda temporada The Wire llega a un nivel superior porque utiliza una investigación en el puerto para mostrar la pérdida de poder de los sindicatos tradicionales motivada por la desindustrialización, que a su vez ha llevado al deterioro urbano y a la especulación inmobiliaria. Baltimore, ciudad de mayoría negra, está a menos de sesenta kilómetros del Maelstrom demográfico, económico y político que es la capital de Estados Unidos, Washington, D. C. Una cercanía puede ser mortífera en sí misma para una urbe de tamaño medio.
Después cada temporada añade otro estrato o capa al retrato del alto coste social que ha tenido para Baltimore la "destrucción creativa" que ha desembocado en las llamadas sociedades posindustriales. La tercera desarrolla el intento de crear "Hamsterdam", una zona libre para el tráfico de drogas, y detalla las conexiones, con abogados como nexo, entre economía sumergida y proceso político. Se muestra la forma de blanquear el dinero mediante proyectos que precisan de recalificaciones de terreno y licencias de obras que son concedidas por cargos públicos siempre necesitados de fondos para campañas electorales cada vez más caras. La cuarta gira de nuevo y se focaliza, de forma tan sorprendente como conmovedora, en un instituto de secundaria. Vemos las disfunciones de un sistema que se preocupa mucho más por las estadísticas y los titulares de prensa que por los alumnos que supuestamente son su fin último; la mezcla de azar y de decisiones personales llevará a cuatro amigos a caminos muy diferentes en sus vidas. Por último la quinta cuestiona con dureza la función de la prensa escrita; su peso menguante al ir siendo absorbida por corporaciones empresariales multimedia; su (ir)responsabilidad en la elección de los temas que presenta a la opinión pública.
Además de las historias y los escenarios, la gran fuerza de The Wire está en sus personajes, interpretados por un reparto heterogéneo que aúna profesionales poco conocidos, actores británicos (Dominic West, Idris Elba) y amateurs (jóvenes, policías y periodistas) sacados de Baltimore. Hay políticos como el concejal Carcetti (interpretado por el irlandés Aidan Gillen) que es capaz de escuchar y de conectar con la gente, pero que en último término va por completo a lo suyo, como el personaje de John Travolta en Primary Colors (1998); asesores descreídos como Norman Wilson (Reg E. Cathey); abogados amorales como el insumergible Maury Levy (Michael Kostroff); y sobre todo hay olvidados y perdedores. Policías incapaces de conciliar su exigente profesión con una vida familiar funcional; camellos y drogadictos que construyen unas jerarquías y unos valores propios; trabajadores industriales desubicados en una economía de servicios; adolescentes custodiados durante su formación, una formación inservible para el mundo al que se enfrentarán; periodistas con riesgo de despido por ser veteranos o con contratos precarios por ser noveles. Entre los favoritos de crítica y público están el carismático atracador Omar Little (Michael K. Williams), el resistente yonqui Bubbles (Andre Royo), la feroz pistolera 'Snoop' (Felicia Pearson) y el indisciplinado detective de homicidios Jimmy McNulty (Dominic West), lo más parecido a un protagonista durante las cinco temporadas. Yo siento debilidad por Lester Freamon (Clarke Peters), detective tenaz, represaliado y finalmente desesperado, por el teniente Cedric Daniels (Lance Reddick), íntegro dentro de lo posible, y por Roland 'Prez' Pryzbylewski (Jim True-Frost), reciclado de policía con enchufe a profesor con vocación, el único agente (según recuerda IMDb) que dispara en toda la serie (tres veces y por error).
Para contrarrestar la posible impresión de drama tétrico y sesudo viene bien una lista desordenada de once de los mejores momentos de humor, que es seco, irónico y en pequeñas dosis, como en la vida misma: el intento de traslado de la mesa de oficina entre dos despachos; la despedida de McNulty por Freamon y Bunk (Wendell Pierce) en el último episodio de la primera temporada; los dos funerales en el pub irlandés; el seguimiento de Stringer Bell (Idris Elba) por los hijos de McNulty; la reacción de la plana mayor del Departamento de Policía ante la explicación de Colvin (Robert Wisdom) sobre el descenso de la criminalidad en su distrito; el uso creativo del material didáctico por 'Prez' para enseñar combinatoria a sus alumnos; los aspavientos de Carcetti al enterarse de la que han liado McNulty y Freamon en la última temporada; la elipsis sobre el cambio de carrera final de Daniels y la fiscal Pearlman (Deirdre Lovejoy); la cara de McNulty al escuchar el perfil hecho por el FBI del asesino en serie de mendigos; la conversión de la fotocopiadora en detector de mentiras en el primer episodio de la última temporada ("cuanto más grande es la mentira, mejor se la creen").
Al concluir las sesenta horas de visión unas historias se cierran definitivamente, otras pasan página y otras siguen igual que antes. Queda una impresión de fatalismo porque las estructuras de poder parecen capaces de aplastar cualquier posibilidad de reforma y de ahogar toda iniciativa individual. Recuerda la frase de aterradora simetría, recogida por el guionista francés Pierre Christin, dicha por una mujer rumana tras la ejecución de Ceaucescu en 1989: "De todos modos los hijos de nuestros jefes devendrán en los jefes de nuestros hijos."
Grados de separación. En cualquier caso siempre es más saludable el escepticismo sobre las predicciones, ya sean paradisiacas o apocalípticas. Como muestra un relato recogido en el libro La Tercera Guerra Mundial, agosto 1985 (Círculo de Lectores, Madrid, 1980, p. 372), escrito por el general Sir John Hackett cuando lo que nos daba miedo ("¡Asústate, paga y calla!") era la guerra termonuclear global y no el terrorismo islamista, ni el cambio climático, ni la crisis económica:
"Existe un divertido relato acerca de un profeta en cuestiones políticas que vivió en Múnich allá por el año 1928. Un grupo de curiosos le pidió que pronosticara lo que les ocurriría a los burgueses muniqueses y cuál iba a ser la situación en su ciudad dentro de cinco, quince, veinte y cuarenta años a partir del citado 1928. El profeta comenzó diciendo:
- Mi vaticinio es el siguiente: dentro de cinco años, o sea en 1933, Múnich será parte de una Alemania recién salida de una crisis económica con cinco millones de obreros sin empleo y estará gobernada por un dictador con un trastorno mental que cualquier psiquiatra podría certificar. Ese orate logrará asesinar a seis millones de judíos.
Los que le escuchaban exclamaron:
- ¡Ah! Eso significa sin duda que de aquí a quince años todos estaremos en una situación de los más aflictiva.
- No -replicó el vidente-. Mi profecía es que en 1943 Múnich formará parte de una Gran Alemania cuya bandera ondeará desde las riberas del Volga hasta Burdeos, y desde el norte de Noruega hasta los linderos del desierto del Sáhara.
- Entonces sin duda dentro de veinte años seremos una nación con un poderío inigualado.
- De ninguna manera. Según mi capacidad de ver el porvenir, en 1948 Múnich será una ciudad de una Alemania que sólo se extenderá entre los ríos Elba y Rin y cuyas urbes en ruinas habrán registrado muy recientemente una producción industrial que sólo equivaldrá al 10% del nivel de productividad que se logrará en el presente año 1928.
- ¿Entonces nos espera las más negra ruina para de aquí a cuarenta años?
- No, señores, para 1968 puedo pronosticar un ingreso real para cada habitante de Múnich cuatro veces mayor que el que ahora percibe; y un año después, en 1969, el 90% de los adultos en Alemania se pasarán el tiempo libre mirando una caja situada en la esquina de la estancia de su casa, en cuya pantalla aparecerá la imagen viva de un hombre que camina sobre la superficie de la luna.
Resulta inútil decir que por supuesto el profeta de nuestro cuento fue a pasar el resto de sus días en la celda de un manicomio."
Fundido a negro. Justo antes de enviar esto leo que ha muerto a los 88 años Blake Edwards, director y guionista estadounidense conocido sobre todo por la serie de películas de La Pantera Rosa protagonizadas por el inglés Peter Sellers. Otras comedias suyas como El guateque (1968) y ¿Víctor o Victoria? (1982) han ganado más con el tiempo, al igual que su angustioso drama sobre el alcoholismo Días de vino y rosas (1962), con unos insuperables Jack Lemmon y Lee Remick, y su afligida y neoyorquina adaptación de Truman Capote, Desayuno con diamantes (1961), en la que Audrey Hepburn compuso uno de los personajes más icónicos de su carrera.
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En 2010 eso es todo, amigos. Hasta 2011, probablemente el viernes 14 de enero. Como despedida, un vídeo del único péplum que nunca emite ninguna cadena de televisión ni en Navidad ni en Semana Santa. |