ALONSO GUERRERO
Nada ha ocurrido en la ópera bufa de Cancún. Parafraseando a Lorca, mientras exista una cumbre climática habrá teatro. Nos merecemos que aquel extraterrestre de la película de Robert Wise se presente, con su robot ecologista, para leernos la lista de crímenes que estamos cometiendo contra nuestros hijos. El mundo es, gracias al hombre, un caballo agónico. Morirá desangrándose, con la cabeza sobre el mantel de un banquete de mafiosos, mientras el presidente chino dicta el futuro con un bate de béisbol en las manos.
EE.UU. y China, dos de los países menos prometedores de la historia, se niegan a colaborar en la reducción de emisiones contaminantes. Si ellos no lo hacen, Europa prefiere pasar por el ama de llaves de Rebeca antes que por imbécil, porque para Europa el ridículo es ser la única en hacer lo que piensa. Todo lo dice con la boca pequeña, incluido lo de ampliar al 30% lo propuesto en Kioto. Descubrimos, ahora, que Kioto fue otra ópera bufa, y que Durban, en 2011, también lo será. No tiene sentido esta obsesión de todos nuestros gobernantes por acaparar el presente y el futuro, y morir en una bañera de París, como Jim Morrison. No les importa el porvenir, ni los leones marinos, ni todas esas selvas llenas de monos que impiden que este planeta se convierta en el de los simios.
¿Quién será el primero en decir basta? Quizá el apocalipsis esté a la vuelta de la esquina, y tengamos que fabricar robots que comprendan por nosotros nuestros errores. Quizá alguien empiece a ver que todo lo que nos rodea es una máscara que caerá cuando no haya gatos en las calles, ni acelgas de verdad en la despensa de Ferrán Adriá. Quizá Wikileaks debería hacer públicos los cables en que el Pentágono desprecia al ratón de campo y al de ciudad, a la cigarra y a la hormiga. Si no, el mundo morirá antes de que sepamos quién está detrás de tanto progreso que no lleva a ninguna parte, quién se come el último ejemplar de atún rojo del Mediterráneo, en restaurantes que sólo conocen los conductores de las limusinas.
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