Si los cables difundidos por Wikileaks desmontan en parte el mito de la finezza diplomática para humanizar las a menudo deleznables relaciones internacionales; la detención del autor de las filtraciones confirma la ausencia de estética y demuestra una arrogancia mafiosa, burda y amoral de quienes presuntamente velan por la jerarquía del derecho en el mundo.
Es probable que Julian Assange no sea un santo y, sin duda, es perfectamente compatible la genialidad periodística con la abyección personal como en Picasso lo era el talento pictórico con la brutalidad misógina, pero su detención por delitos sexuales resulta tan burda que resulta imposible no considerarla una represalia urdida por los damnificados de sus investigaciones.
Ni las supuestas víctimas de este Casanova con flequillo denunciaron abuso alguno en el momento oportuno, ni el Fiscal señalado para instruir el caso vio conveniente actuar de oficio, archivándose de facto una causa que ahora se reactiva tras la difusión de 250.000 informes confidenciales ciertos, importantes e interesantes desde una elemental óptica periodística.
A Capone se le encerró por evasión fiscal ante la imposibilidad de demostrar con pruebas su carrera criminal, pero en Assange parece suceder todo lo contrario: se inventa un delito que no cometió para evitar que prosiga con un trabajo objetivamente positivo para ese inmenso rebaño de sordos en que no pocos poderosos quieren convertir a la humanidad.

La expulsión de Wikileaks de los servidores que lo alojaban, por miedo a la misma represalia que China adoptó con Google, confirma la teoría de la persecución y envía un mensaje elocuente a la ciudadanía: el que no se conforma con ver, oír y callar, puede sufrir las consecuencias.
Como en el pecado está la penitencia, la única característica que supera el impudor en este montaje es la estúpida convicción de que pueden ponerle puertas al campo: ese viejo mundo de intereses oscuros está lejos de desaparecer, pero no ha entendido algo tan básico como que Wikileaks y Assange son, amén de un proyecto concreto y una persona física, un fenómeno transversal y espiritual que no va a desaparecer por mucho que guillotinen con mentiras a su instigador.
Posdata. El boicot aéreo, y el espectáculo paralelo del Gobierno, es también muy Wikileaks. Por primera vez, y gracias al cruce de informaciones, testimonios y pruebas documentales, hemos sabido casi en tiempo real que a un lado de la mesa se sentaban unos cuatreros y al otro también. |