
ANTONIO CAMPUZANO
La planta hecha carne en Alcalá, la personificación del condimento, el perejil, el cilantro tan de moda, la cohesión entre obras y amores, todo eso tiene un nombre: Fali García Poveda. Habla con gobierno y oposición, dirige el Foro del Henares. Tiene un presente de compromiso político y conserva un pasado de no menos filiación con la historia y el tiempo. Salvo los toros y probablemente los obispos cualquier elemento irracional y su contrario se cuentan entre sus adeptos y amigos. Casi nade de este mundo le es ajeno. Naturalmente, Manuel Azaña, jefe de Estado nacido en esta ciudad, no podía pasar inadvertido para nuestro hombre. Los primeros espadas -expresión elegida con mala leche- del elenco de "azañófilos" han venido a la plaza de Cervantes, en el antiguo colegio Santo Tomás, para contar, más bien para recordar, la obra y pensamiento del intencionadamente olvidado mariscal civil del primer tercio del siglo XX español. Del revés, del derecho, por los cuatro puntos cardinales de su patria, se ha visto la figura de Azaña. Su paso por la vida pública tuvo una repercusión enorme, indeleble, intensa, en la España de aquel entonces. Al parecer, ahí está el problema de siempre, en toda España, salvo en.....Alcalá. La sociedad provinciana de entonces, hace un siglo, tenía unos parámetros de comportamiento difícilmente conciliables con la irradiación de amplísimo espectro del político complutense. Y la movilidad social de la ciudad alcalaína desde entonces hasta nuestros días ha hecho mucho por el entendimiento de Don Manuel, pese al telón infausto que durante el franquismo se echó sobre su figura. Desde 1993, en que en la desaparecida plaza de toros de Alcalá, en lo que ahora se llama Plaza de España, José María Aznar, admitió su interés por Azaña, lo que generó un aplauso más ambientado en el asombro que en el entusiasmo, pocas palabras de hombres públicos se han pronunciado en esa línea. Claro, aquello produjo expresiones en las que se decía que el candidato Aznar "se atrevía con todo". Al caer los debates, siempre devienen en lo mismo: qué se puede hacer por potenciar la figura de Azaña en su propia ciudad. Pues solamente queda la esperanza en la lluvia fina, esa imagen no menos utilizada por Aznar que consiste en dejar pasar un tiempo prolongado en la seguridad de tener impermeable y caer en la cuenta tras ello que no es así y que la situación de empapado o anegado es inquebrantable. Esto es, saber de Azaña sin proponérselo, como una cosa natural. Sugerencia física tan solo. Dos hombres que hicieron mucho por la última República española, Azaña y Lázaro Cárdenas, tienen sendos monumentos en la periferia, en las salidas a Meco y Villalbilla. ¿Qué tal un acercamiento al mero-mero de la ciudad? |