XAVIER COLÁS
Dicen que si el trabajo fuese bueno, no pagarían por hacerlo. Nunca fue España tierra de promisión, sino una antípoda europea. Un lugar propenso a las leyendas, la fantasía, la tragedia. Un cementerio de oro oteado desde las alturas por un Dios que nos condenó a trabajar, que parió a ricos escogidos con criterios oscuros y dispuso todo para ponernos a prueba hasta que llegase la vida celestial.
Hace poco escribieron en EEUU una frase clarividente: jobs are the new assets, los empleos son los nuevos activos. Son las riquezas ahora, las posesiones de hoy. Estamos volviendo a descubrir el trabajo como el activo más valioso que una persona puede tener después de años en los que muchos soñaron con amasar casas con algo de sabiduría –no demasiada– para llegar a tocar las estrellas. Antes fue la Bolsa –abierta a todos los públicos– el vellocino de oro para esa masa sin apellido compuesto.
 Todo eso se ha esfumado, y nos hemos quedado mirando el paisaje. El sudor de nuestra frente sigue donde estaba, pero ahora es testimonio además de que estamos vivos pese a la crecida de las aguas. Quien tiene un trabajo tiene un tesoro, lo cuida o se prepara para uno mejor. Nuestros confines son las vacaciones, la paga extra, el ascenso, la experiencia humana y profesional compartida con los demás.
Sólo el trabajo vitalicio para el Estado, tallado en cobre de conquista social fulgurante, había merecido hasta ahora tales reverencias, sacrificios, luchas, desvelos. Antes era el sábado cuando los caminos de los afortunados y los juguetes rotos se separaban, unos a la playa y otros a sacudir las alfombras en la ventana. Hoy es el lunes el que nos separa, el día que se aplica el duro veredicto de la meritocracia, del azar, de los cielos, los mercados o cualquier otro culpable que ustedes elijan. Ese bien escaso, siempre discutido y ahora más reñido que nunca, no puede ser defendido por quien lo repudia, por quien no sabe respetarlo salvo cuando queda dentro de su estrategia. Para pegar unas siglas en un muro no hace falta morir por ellas, pero es necesario creer en lo que hay al otro lado de la pared.
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