Dice Stephen Hawking que el origen del universo puede explicarse sin la participación de Dios. Lo cierto es que no dice nada nuevo, pero sus declaraciones, en el marco del lanzamiento de su último libro, no han sentado nada bien en determinados sectores: “¿Cómo es eso de que Dios no hizo falta para crear el universo?”, exclaman alarmados. Pero a Hawking se le ha olvido aclarar de qué Dios habla. ¿Del cristiano? ¿Del musulmán? ¿De los dioses de la antigua Grecia? ¿De los que se veneraban en el Egipto de los faraones? ¿De los que exigían sacrificios humanos en las culturas precolombinas? ¿Del Monstruo de espagueti volador? A lo largo de la historia, las distintas civilizaciones humanas que han poblado la Tierra han construido sus esquemas de conocimiento sobre la realidad en torno a un, o unos, supuestos seres superiores, dominadores de la vida y la muerte, artífices de la creación y fuente de los fenómenos naturales. La creencia en él o ellos suponía un bálsamo para calmar la falta de explicaciones. ¿Por qué cae agua del cielo? ¿Por qué hay un día y una noche? ¿Por qué morimos? En una sociedad carente de método científico, la respuesta a cualquier incertidumbre se resolvía por la vía de la fe: “Porque así lo quiere Dios”.
Pero sucedió que algunos de estas civilizaciones comenzaron a buscar por sí mismas un camino que les diera estas respuestas, más allá de la devoción religiosa. En la Antigua Grecia, Arquímedes fue un firme impulsor de la experimentación como método para descubrir el mundo. En algunas fases de esta sociedad se alcanzaron grandes cotas de saber, pero el auge del cristianismo en la Europa post-románica y la segregación del feudalismo arrinconaron a la ciencia, subyugada bajo la firme censura de Dios. “¿Cómo te atreves a decir que la Tierra gira alrededor del Sol?”, le espetó el tribunal eclesiástico a Galileo. “La Biblia indica lo contrario”. Pero Galileo, Newton, Copérnico y otros tantos ilustres defensores de la vía pitagórica, es decir, el método científico, la observación y experimentación como caminos para hallar la verdad y desentrañar los misterios de la realidad que nos rodea, fueron desmontando los pilares de la fe.
A medida que la ciencia fue avanzando, Dios, o los dioses, comenzaron a ser arrinconados. El golpe más duro lo recibió de Darwin y Wallace: no sólo dejamos de ser el centro del universo, sino que además dejamos de ser el centro de la creación. Para explicar por qué somos los seres más inteligentes del planeta ya no hacía falta recurrir al diseño de un ser superior. La evolución se encargó de desmontar los muros de la fe. Los avances en el campo de la genética sucedidos a partir de la segunda mitad del siglo XX no sólo han corroborado esto, sino que además certifican que, en esencia, somos un 99 por ciento iguales que los chimpancés, e incluso un porcentaje de nuestro material genético también está presente en las lombrices de tierra.
Pero aún quedaba un último escollo por salvar. Ciertamente Dios no era necesario para explicar el origen y evolución de la vida en la Tierra. Pero, ¿cómo entonces surgió el universo? ¿Acaso la existencia del universo no es prueba irrefutable de que alguien o algo lo creó? El golpe que Hawking le lanza a las religiones no es nuevo. Desde hace años, la astrofísica maneja herramientas que pueden explicar mediante un modelo coherente y sostenible matemáticamente el origen del universo sin necesidad de acudir a una intervención divina. La novedad radica en que Hawking va un paso más allá y considera este argumento como prueba de que Dios, o los dioses, no existen. ¿Es una prueba definitiva? Personalmente, aunque la ciencia haya sacado a Dios de su guión, sin necesidad de acudir a él para explicar por qué llueve, giran los planetas alrededor del Sol o existe el universo, la ausencia de pruebas no es prueba de ausencia. El debate, sigue abierto. Aunque para la ciencia se trata de un debate estéril. Demostrar la existencia o inexistencia de divinidades superiores nunca ha sido su objetivo. De lo que se trata es de seguir manteniendo el espíritu pitagórico: observar, experimentar y analizar para comprender. Que la fe de cada uno ponga a Dios en el lugar que crea oportuno, aunque su presencia no sea imprescindible para explicar por qué estamos aquí. |