Nadie en su sano juicio discute la falta de democracia interna en los partidos políticos; la subordinación del mérito y la capacidad a la servidumbre; la acumulación de poder por unos pocos con alma de cortijo; la anulación del debate y su sustitución por el seguidismo más atroz y, como remate de todo ello, la profesionalización de un empeño necesariamente vocacional.
El militante con aspiraciones de hoy es una especie de pretoriano sordomudo del César que intenta vivir de su carné desde muy temprana edad hasta muy tardía jubilación, y sabe, sin haber leído a Darwin, que la supervivencia de cualquier animal pasa por la correcta adapatación al medio: levantar el brazo a tiempo, inclinar la cabeza al paso del palio y cacarear el eslogan de turno renunciando voluntariamente a activar la conexión entre la electricidad de la neurona y la riqueza del riego sanguíneo es suficiente, por lo general, para garantizarse una larga carrera en el establo elegido.
Por eso los mejores no militan, agudizándose con ello un problema sonrojante: quienes tienen reconocida la potestad constitucional de representar al ciudadano y tutelar la democracia son incapaces, paradójicamente, de ejercerla con decoro en sus propias organizaciones, convertidas en sectas ovinas inequívocamente inspiradas en la ínclita novela de Orwell.

La resistencia a imponer, reconocer o renovar las listas abiertas, los diputados comarcales, la Ley Electoral, las Primarias, los censos activos de simpatizantes, la financiación transparente y tantos otros mecanismos elementales de apertura real de los partidos se está llevando por delante su imagen, su credibilidad y su asentamiento en el credo democrático de una generación inmensa de jóvenes que, simplemente, no creen en ello: la combinación de este escepticismo endémico con una crisis transversal y duradera promete, a medio plazo, una crisis intensa de la propia democracia en el sentido clásico y sugiere, sin necesidad de incurrir en el apocalipsis, una tensión social incipiente. De la que ya mismo empiezan a sacar partido, en media Europa, formaciones y movimientos que beben en ese desapego, lo mezclan con la demagogia y lo transforman en ese viejo conocido del Continente que es el fascismo populista.
Las Primarias del PSOE podrían ser un antídoto, siquiera testimonial, de la lúgubre fotografía de la política patria, pero en realidad están siendo su confirmación. El espectáculo que ofrece un Tomás Gómez capaz de decir o sugerir maldades de una ministra y un presidente de su propio partido al que antes cobijó en todo y para todo con tal de ganarse un sillón, sólo es igualado por el espectáculo que ofrecen sus rivales para evitar su candidatura: entre la rebelión egoísta, sustentada en la imposibilidad de encontrar acomodo laboral a los cientos de personas que necesitan de Gómez en el machito (hasta 3.000 cargos públicos dependen del PSM); y el asalto caciquil de Trinidad Jiménez vía Zapatero; queda la sensación de que la democracia interna es sólo un arma arrojadiza a utilizar cuando el apaño de siempre falla.
Que Tomás Gómez se presente como muro de contención al Zapatero que ha apoyado en todo, con un silencio cómplice en casos tan flagrantes como el atropello a la Comunidad de Madrid (los cero euros en inversión nueva en ocho años son un hecho; tanto como que la inversión per cápita en Madrid es la mitad que en Cataluña y Andalucía) o la impresentable gestión de la crisis, provoca un sonrojo integral.
Que Trinidad Jiménez, la chica de los recados bien pagados de su patrón, pretenda erigirse en la gran esperanza de una política autónomica que abandonó y afirme sin temblar que ha decidido presentarse sin instrucciones ni padrinazgos de nadie, produce intensos sarpullidos.
En la línea de esa Comunidad Valenciana que sigue aplaudiendo a Camps pese a tener el traje perdido de bigotes, o en la de un Rajoy que llegó donde llegó ungido digitalmente por el Tiberio que precedió al actual Augusto; las Primarias del PSM son el clímax de la degradación y el oportunismo instalados en la política española.
Porque si alguien creyera de verdad en los partidos, en los militantes y en los seguidores, a derecha e izquierda; si alguien creyera sinceramente en la necesidad de abrirlos, desrratizarlos y perderlos un poco para que los ganemos todos mucho... ¿cómo es que no existe aún ni una mísera propuesta de ley para imponer a todos, sin excepción ni condiciones, un corpus legal que les obligue de verdad a someterse a la democracia de la que viven? |