PEDRO P. HINOJOS
El pánico al cambio climático y el éxito de la información meteorológica en los telediarios han conseguido convertir las olas de calor del verano y los temporales de frío en invierno en noticias de cabecera. Nunca antes había tenido tanto interés social el tiempo meteorológico, asunto de conversación universal. Aunque las motivaciones han variado con la evolución de las costumbres. Ahora, además de servir de muleta para pegar la hebra con el vecino en los incómodos trayectos del ascensor, el comportamiento de anticiclones y borrascas preocupan sobre todo con vistas a programar el fin de semana o las vacaciones que se pongan a tiro.
Antes, por el contrario, saber de qué color se iba a levantar el cielo era cuestión de pura supervivencia. Aún quedará quien recuerde a sus abuelos hablar del Calendario Zaragozano, biblia de la meteorología para un sinfín de generaciones de gentes del campo. O también de las Cabañuelas, una suerte de predicción que empleaba como referencia las amanecidas, los vientos, las nubes y los crepúsculos de los primeros días de agosto. Recordar cómo habían sido las dos primeras semanas achicharrantes de agosto, daban la provisión del tiempo de los meses siguientes; lo mismo que el vino del final del verano, el cerdo de San Martín o las aceitunas del otoño alimentaban para todo el curso.
Ya no tenemos esas necesidades, pero desde este fin de semana se puede jugar a ver qué nos dictan las Cabañuelas para la próxima temporada, digan lo que digan los hombres y las mujeres del tiempo. Aseguran los expertos, en cualquier caso, que España es uno de los países de mundo donde más cuesta afinar en el pronóstico meteorológico por su peculiar relieve orográfico. Hasta en eso somos puñeteros. Se da así la circunstancia de que es más fácil clavar la previsión en un paraje concreto, que en grandes espacios. Por eso nuestros mayores les dan sopas con ondas a los animosos meteorólogos de la tele, aunque empleen para ello dichos y refranes tan anacrónicos como ese tan castizo y tan alcalaíno de ‘Cuando El Viso fuma tabaco, el mozo de mulas recoge el hato'. Ahora no, pero cuando llegue el otoño, fíjense cómo asoman las nubes por el cerro forrado de pinos al sur de Alcalá. Y tengan un paraguas a mano. No falla. |