La cultura rusa bajo Stalin
por Vicente A. Serrano

JUEVES 3 DE JUNIO DE 2010 A LAS 11:58 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Cualquier lector occidental no dejará de sorprenderse al saber que Doctor Zhivago, aquella épica aventura novelesca que arrasó a finales de los años cincuenta, una historia de amor que tenía como telón de fondo la Rusia revolucionaria, no se pudo publicar en su país de origen hasta 1988, con Gorbachov en el poder y la perestroika tratando de abrir ventanas. A su autor, Boris Pasternak se le prohibió viajar a Estocolmo para recibir el Nobel, otorgado en 1958, con Jruschov en el poder, aquel astuto y peculiar político que denunció por primera vez los crímenes de Stalin y se empeñó desaforadamente en acabar con el culto a la personalidad hasta que fue defenestrado en 1964. Sin embargo en 1961 los restos mortales de Stalin fueron retirados del mausoleo de la Plaza Roja, donde reposaban junto a los de Lenin, y trasladados tras los muros del Kremlin.

Vida y destino de Grossman
Fue entonces cuando el patriota escritor y periodista Vasili Grossman, autor de las magníficas crónicas sobre la batalla de Stalingrado, confiado, se atrevió a escribir una extensa y respetuosa carta al camarada Jruschov para pedirle explicaciones porqué el manuscrito de su libro Vida y destino había sido secuestrado y destruido. “Mi libro –trataba de defenderse el autor– no es político. En la medida de mis capacidades, escribí sobre la gente corriente y sobre sus penas, sus alegrías, sus errores; hablé de la muerte, de mi amor y mi compasión por los seres humanos". La carta nunca tuvo contestación, tan solo la reprimenda de Mijail Suslov, miembro del Politburó: “Su novela es hostil al pueblo soviético; su publicación perjudicaría no sólo a nuestro pueblo y al estado soviético, sino a todos los que luchan por el comunismo fuera de la Unión Soviética, a todos los obreros progresistas de los países capitalistas, a todos los que combaten por la paz". Hasta 1990 no se aprobaron en Rusia las leyes sobre libertad de prensa y se puso fin a la censura. La siniestra y terrorífica sombra de Stalin, muerto en 1953, supo alargarse aún durante casi medio siglo, más allá de los muros del Kremlin, sobre un pueblo desencantado y desolado.

El coro mágico
Solomon Volkov, periodista e historiador ruso emigrado a Estados Unidos en 1976, acaba de publicar en nuestro país El coro mágico, una historia de la cultura rusa de Tolstoi a Solzhenitsyn (Ed. Ariel). Libro imprescindible por clarificador del complejo e interesantísimo proceso de Rusia a lo largo de todo el siglo XX, analizado desde el punto de vista cultural. De los tiempos del zar Nicolás II hasta el gobierno de Putin. La historia comienza con la muerte, solo, huido, abandonado, del conde Leon Tolstoi, –este año se cumple el centenario–, una heladora madrugada de noviembre en la estación de Astapovo; y se cierra en agosto de 2008 con la desaparición en Moscú de Alexander Solzhenitsyn, regresado de un largo exilio. Un autor, que al igual que Tolstoi, había alimentado la idea de que “un gran escritor es como un segundo gobierno". Sin embargo sus intentos de modificar la política mediante su enorme autoridad moral también llegaba tarde, porque su figura ya era cosa del pasado para un país que trataba de recuperarse a pasos agigantados de los traumas del stalinismo y sus posteriores consecuencias. El Politburó autorizó a publicar Archipiélago Gulag en 1989, un año después de Doctor Zhivago, mientras caía el Muro de Berlín. Se llegaron a vender casi tres millones de copias. El profeta Solzhenitsyn había afirmado, catorce años antes, que el día que se distribuyese libremente el Archipiélago en la Unión Soviética, “las cosas se pondrían bastante feas para la ideología comunista en muy poco tiempo". Aunque esa labor, hay que reconocerlo, fue obra también y sobre todo, de aquellos autores, cineastas, poetas, filósofos y músicos “recuperados". De aquel “coro mágico" como denominaba la poetisa Anna Ajmátova –también silenciada– al gran grupo de artistas que a lo largo de una situación histórica singular y posteriormente trágica, crearon algunas de las más importantes obras literarias y artísticas del siglo XX.

Stalin, un dictador sangriento y lector
Señala Volkov en este libro que Stalin era una persona muy leída, los más próximos aseguraban que leía cuatrocientas páginas diarias entre obras de ficción y no ficción –casi tantas como los ejecutados de cada jornada– y que sentía un vivo interés por las cuestiones de índole cultural, un interés por supuesto siempre teñido de connotaciones políticas. En 1929 Stalin decide dirigir más o menos en solitario la cultura soviética. Es a partir de entonces cuando se lleva a cabo la más brutal represión de la cultura en todas sus manifestaciones. El terror también se impone entre artistas e intelectuales, muchos huyen al exilio, algunos son ejecutados, otros terminan siendo utilizados por el totalitarismo y los más desesperados optan por el suicidio como fue el caso del mítico poeta Esenin, que escribió sus últimos versos con su propia sangre: “En esta vida, morir no es ninguna novedad / Pero vivir, por supuesto, tampoco lo es". Mayakovski condenaría aquel suicidio en nombre de todos los poetas leales al régimen, respondiéndole al poeta muerto: “En esta vida, morir no es difícil, / Mucho más difícil es vivir". Solo cinco años después también él optaría por el suicidio, al igual que más tarde lo haría la gran poetisa Marina Tsvetáieva que junto a Anna Ajmátova, conformaban los cuatro grandes poetas de la Rusia contemporánea. Ajmátova se convirtió en el símbolo del exilio interior, murió en 1966, pero su gran poema Réquiem, que fue voz y denuncia del sufrimiento de aquella época, tampoco se publicó en su país hasta 1989. El coro mágico es un libro repleto de nombres y anécdotas de una cultura brillante y única que Lenin, pero sobre todo Stalin, quisieron utilizar como herramienta política y que al final, al no conseguir sus propósitos, condenaron a una cruel represión y un trágico silencio.

La recomendación: Regresar a la literatura rusa
Siempre reconforta regresar a la gran literatura rusa; reencontrarse con Dostoievsky y Tolstoi, con Turgeniev o Gogol supone seguir creyendo y amando la gran narrativa. Sumergirse en el teatro y los relatos de Chéjov es de nuevo ahondar en el alma humana con aliento shakesperiano. Los poemas de Esenin y Mayakovski nos harán recordar que también fuimos jóvenes y rebeldes. Pero sobre todo, tras leer El coro mágico, resulta imprescindible descubrir la desgarradora novela de Vasili Grossman, Todo fluye y el gran y desolador poema de Anna Ajmátova, Réquiem, dos retratos fieles de las miserias de la condición humana. Un potente grito contra el sinsentido de los totalitarismos.


Comentarios
B. Verdi
lunes 7 de junio de 2010 a las 22:34 horas
El yugo de Stalin

Si los ahogaba, si los acallaba o si los borraba, era porque sabía del poder que podían tener sus palabras. No hay duda, bebían de los grandes como Pushkin, Gogol, Dostoyevski, Chéjov... El caudal de ese río literario fluía con mucha fuerza, se podía desbordar, hacía demasiado daño . Era necesario contenerlo, ponerle diques y secarlo. Stalin aniquiló toda una época que luego el tiempo ha puesto en su lugar. El latir del alma rusa, algo así como escuchar “La Gran Pascua Rusa” de R. Korsakov.

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