ALONSO GUERRERO
Los casos de corrupción están resultando endémicos en este país, que se ha convertido en un mapa a escala imprecisa de la condición humana. La nuestra es, en realidad, una crónica familiar en la que siempre hay alguien pringado, como en las cenas de navidad de Madoff. Antes, la corrupción era algo entre un hombre y su conciencia. La corte se parecía a un acuario de pirañas, pero todo se solucionaba con las críticas morales de Quevedo. Ahora, la corrupción es institucional. Se ejerce sobre la cosa pública, protegida por un cerco de impunidad. Los políticos sueñan con cumplir sus megalomanías, tan mediocres como sus personalidades, utilizando los impuestos. Con el cargo, el político adquiere una multipropiedad de la cual sólo puede desalojarlo la justicia. Cualquier hombre puede corromperse, pero las mayores canteras de corrupción están en los partidos políticos, llenos de directores de escena que sólo representan versiones de Esto no es lo que parece.
Los únicos capaces de bajar a los políticos del coche oficial, y sentarlos en el banquillo, son los jueces de la oposición, porque también la justicia es propagandística. Si monta una Fuenteovejuna es porque el Comendador es del partido contrario. En España, la corrupción, y los casos inéditos de justicia rápida que está originando, parecen más bien intentos de sacar provecho rápido, como poner en la calle de Alcalá una mesa de trile. Los partidos comparecen y es esconden, pero todo suena a coplilla de Góngora. Nunca ha habido conciencia de que lo público debería castigarse con las leyes de lo privado, de que el político, cuando desempeña un cargo, es para beneficiar a aquellos a los que pide los impuestos.
Ni en Francia, ni en Alemania, la corrupción es tan ecuménica como aquí, de lo que se deduce que aquí se entra en política para probar mieles ajenas. Como esto siga así vamos a tener que buscar la rectitud y la justicia, palabras demasiado viejas para sonar bien, en los aceleradores del CERN, igual que la partícula de Dios. No se respeta lo común, la res pública, así que dejemos la República para otro artículo.
|