Modernidad
por Juan Antonio Moreno

JUEVES 8 DE ABRIL DE 2010 A LAS 16:51 HORAS
Opinión > Cultura
 
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El impresionismo tal vez sea el movimiento pictórico que más aceptación y reconocimiento tiene entre el público. Se le asemeja a un nuevo Renacimiento, que convulsiona el panorama artístico parisino y que provoca la transformación del arte tradicional de la época, aunque nunca su ruptura.

El Museo d' Orsay de París ha prestado a la Fundación Mapfre 90 piezas, auténticas obras maestras que avanzan hacia la modernidad y que se articulan bajo el epígrafe Impresionismo. Un nuevo Renacimiento.

Esta es la primera ocasión en que un conjunto de piezas impresionistas tan brillantes y de tan magno calado asoma por nuestro país. La magnífica antológica recoge de una forma minuciosa y con afán didáctico el recorrido histórico de un movimiento que afirma sus dudas en la Escuela de Batignolles –retratada por Fantin-Latour, de quien hemos hablado en éstas páginas– hasta su consolidación definitiva en el Gran Salón de París. Colectivo reconocido finalmente por los historiadores como el más importante de la historia del arte aparecido en el último tercio del siglo XIX.


Se ha repetido en numerosas oportunidades el destacado papel del fotógrafo Nadar, quien alberga en su estudio la primera exposición como grupo de este semillero de maestros de la pintura. Unos artistas que atraen con su inventiva: paisajes y retratos cotidianos con una excelsa envoltura en una paleta en la que realza un maravilloso cromatismo. La técnica está basada en pinceladas que prenden con abrumadora solvencia los cambiantes efectos producidos en un espacio natural.

Apreciamos por tanto lienzos de artistas como Manet, Renoir, Monet, Pisarro, Sisley, Cezánne o Degas, cuya genialidad transmite una estética dominada por la belleza y el espíritu contemplativo.

Manet es el referente de este colectivo junto a Cezánne y quien mejor escenifica esa aparente contradicción entre modernidad y tradición, como pone de manifiesto su cuadro El pífano (1866) que viene impregnado de la huella de Goya y Velázquez.

Ahora contemplamos, una vez más –nunca nos cansaremos– joyas del arte que arrancan lo mejor de nosotros. Lienzos que acompañan nuestro aprendizaje y que reafirman esa inmensa calidad que les permite figurar con letras de oro en la memoria común del mejor arte posible.


Ante nuestros sorprendidos ojos desfilan, entre otros, La lección de danza (1873) de Edgar Degas; Bajo la nieve: era de una granja en Mauly (1876) de Alfred Sisley; Puente de Maincy (1879) de Paul Cezánne; La estación de Saint-Lazare (1877) de Claude Monet o La balançoire (1876) de Auguste Renoir. Todos, puro deleite y ensoñación.


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