Dentro de tres siglos, la magna obra de Miguel Delibes se seguirá leyendo y estudiando, entronizada en el canon perfecto de la literatura en español. No hay nada más incierto y arriesgado que clasificar a los escritores, siendo tantos y tan buenos, pero habrá unanimidad absoluta al respecto de que el fallecido autor de Los Santos Inocentes está entre los diez imprescindibles para entender la historia de nuestras letras y, casi, de nuestra cultura y de nuestro país: tras Cervantes, emblema y resumen de todos, Delibes pertenece a la selecta estirpe que reúnen una obra profunda, extensa, influyente, única y muy leída: ahí están Galdós, Lope, Quevedo, Baroja y Valle; entre los españoles; y Borges, Vargas Llosa y García Márquez entre los hispanos.
Con permiso de Ayala, Paz, Aleixandre, Marsé, Rubén Darío, Cela, Neruda, Machado o San Juan de la Cruz, todos ellos indispensables; Delibes está incluso un peldaño por encima al confluir en él la calidad literaria, la trascendencia comercial, la creación de un género en sí mismo y la vasta producción. Si Beethoven “es la música”, como dijo Wagner al ser preguntado por los mejores de todos los tiempos y excluir al autor de la Quinta Sinfonía de una lista en la que él mismo y Mozart aparecían; cabe decir que Delibes es la literatura española. Su condición de hombre de campo, de humanista clásico, de periodista comprometido, de abuelo y padre corriente, de ser humano en definitiva; le añade una pátina entrañable de buena persona. En Delibes se sintetizaban las virtudes del creador único con los atributos del ciudadano corriente, en una simbiosis que ha tenido más éxito en la calle que en los despachos: ganó el Premio Cervantes en 1993 y tuvo siempre el reconocimiento de sus lectores; pero a la vez soportó una absurdo y sutil arrinconamiento de las corrientes políticas y artísticas modernas por su carácter y su obra, al parecer, conservadora. Por no estar a la moda oficial, Delibes siempre estuvo en la moda real, aquella que viene respaldada por el fervor del público y el respeto de sus iguales.
Si además no hubiera sido presa de un cierto prejuicio dogmático y de la mediocridad intelectual que tan a menudo se destila en España, el autor de El Camino, Diario de un cazador o El hereje hubiera ganado sin duda un Premio Nobel que merecía como pocos otros. Ensalzar al muerto con loas negadas en vida es tan español como lo son los libros de Delibes, un castellano universal que desde el campo presentó, como pocos, los recónditos secretos del alma del ser humano.
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