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| El libro electrónico o el futuro del lector |
| por Vicente A. Serrano |
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| JUEVES 11 DE MARZO DE 2010 A LAS 17:55 HORAS |
| Opinión > Cultura |
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En el centro de Madrid, en la segunda planta de un macro almacén de ocio y cultura de origen francés (que tengo entendido fue fundado por unos progres troskistas), desde hace algunos meses guardan encerrado en una especie de urna o pecera seca, un pick-up. Quiero decir un “tocata" o más finamente un plato. Anacrónico artilugio que hace ya algunas décadas, junto con la máquina de escribir, pasó a peor vida. Las últimas olivettis posiblemente las vimos en las comisarías, donde el madero se afanaba en machacar las teclas del mismo modo que el mudo de los hermanos Marx destrozaba los pianos.
El efecto ‘boumerang’ No, no se trata de una exposición retrospectiva dedicada a la música. Simplemente forma parte del efecto boumerang en la sociedad de consumo. Un largo recorrido que, con toda seguridad, debió iniciarse con los discos de pizarra de nuestros bisabuelos, donde las bulerías de Tomás Pavón o las medias granaínas de Manuel Vallejo sonaban como ectoplasmas, y acabó cuando nos invitaron a deshacernos de todos aquellos obsoletos ‘elepés’ que habían puesto banda sonora a nuestra adolescencia y juventud. El progreso nos había traído la modernez del cedé. Sin embargo en los últimos años, el ‘top manta’, el iPod y las descargas de fusilería contra Teddy Bautista, han derrotado en dura batalla de guerrillas, no sólo al cedé, sino sobre todo a las hasta entonces jugosas y saneadas cuentas de las discográficas y del virreinato del ex-solista de Los Canarios. Por lo tanto no se trata de exponer una reliquia de otro tiempo, sino que pretenden comercializar el artilugio para recuperar su boyante pasado crematístico. Alrededor del pick-up encapsulado, permanecen expuestos, como ex-votos, los long-plays reeditados, resucitados de nuevo para el consumo, en la falaz pretensión de tocar la fibra sensible de la nostalgia y que los mayores caigamos así en la trampa de volver a consumir lo consumido. Perturbador resulta pasear nuestras canas por entre las rotundas carpetas de Simon & Garfunkel, el Nashville Skyline de Bob Dylan, el Nebraska de Bruce Springsteen o Songs from a room de Leonard Cohen. Al tiempo que intentan apabullarnos, anunciando como novedad la integral de Los Beatles. Vano empeño de estrategia comercial, tal vez porque los lumbreras del marketing ignoran que los más fetichistas nunca nos deshicimos de aquellos álbumes que pusieron imagen, tono y deseo reprimido a los años lejanos que nunca regresan. En cuanto a los jóvenes, tratan ahora de convencerles de algo que nosotros siempre tuvimos claro, que un vinilo suena con infinita mejor calidad que un cedé.
A la busca del tomo perdido Pasarán los años, afortunadamente a mi generación no le dará tiempo a verlo, pero con toda seguridad se volverá a repetir la imagen cuando hayan llegado a piratear hasta la Biblia en verso y a los Zafones y Revertes del momento no les salgan las cuentas de beneficios porque se les han escaqueado sus lectores virtuales por los agujeros negros de la red. De nuevo expondrán la urna o pecera seca y en su interior un extraño artilugio que los antiguos llamaban estantería, alrededor, como ex-votos, libros de los de papel, con sus páginas, sus cubiertas y sus letras: negro sobre blanco. Los lumbreras en marketing volverán a la carga, afirmando que donde se ponga un libro que les quiten lo bailao o mas bien los años esclavizados ante las pantallas de iPad, los Kindle y las compras virtuales en Amazon. El efecto “boumerang" volverá a convertir el libro en objeto del deseo, y como los bomberos de Fahrenheit, pero a la inversa, los consumidores saldrán como posesos a la busca del tomo perdido, y al igual que el personaje de Shakespeare, exclamarán desesperados: ¡Mi reino por un librero!
Elegía a Gutenberg Hace diez años se publicaba en España, por Alianza Editorial, un libro que su autor, el prestigioso crítico norteamericano Sven Birkerts había escrito en 1994. Elegía a Gutenberg. El futuro de la lectura en la era electrónica, no sólo no ha perdido vigencia en los vertiginosos años transcurridos, sino que como si se tratase de un buen relato de Julio Verne, resulta de fundamental lectura para desolados editores, solitarios libreros, aburridos bibliotecarios y heroicos lectores de páginas tangibles, ante el actual momento de confusión frente al incierto porvenir del libro. Los más viejos del lugar aún recordarán a aquel personaje mediático que en la década de los 60, fumando hierba, ya profetizaba la desaparición del libro. Marshall McLuhan en La galaxia Gutenberg. Génesis del Homo typographicus, afirmaba que la humanidad se encaminaba hacia la aldea global, aldea primitiva y altamente sofisticada donde el libro sería venerado como delicada pieza de museo, y el hombre tipográfico, caso de ser recordado, lo sería bajo la condición de ser poco menos que un fósil. McLuhan murió hace treinta años cuando todavía en las comisarías los maderos machacaban las teclas de las olivettis como Harpo Marx los pianos. El gran teórico de la comunicación, sólo alcanzó a ver por el ojo de la cerradura, lo que se preparaba al otro lado, los preliminares del milenio electrónico. Hoy la puerta está abierta de par el par, los eruditos de Wikipedia pululando por las esquinas y las apocalípticas profecías a punto de cumplirse. Con toda probabilidad la aventura del libro electrónico será con camino de retorno, pero en su arriesgado trayecto es muy posible que deje mucho territorio esquilmado y paradójicamente un cadáver exquisito: la lectura y la cultura literaria.
La recomendación: Regresando a Gutenberg Frente al vehemente McLuhan que intuía lo que se nos venía encima, Sven Birkert, ya testigo directo de fenómeno, se muestra mucho más moderado, en sus afirmaciones, teorías y análisis, aunque igual de apocalíptico. Para todos aquellos aún adictos a la letra impresa, antes de tornarse definitivamente en fósiles, recomiendo como penúltima lectura en papel, Elegía a Gutenberg. Libro teórico, pero a pesar de ello ameno y clarividente, porque rápidamente se aprecia que está escrito por un amante de la lectura. Fundamental para educadores que encontrarán afirmaciones como ésta: “Nuestros estudiantes están cada vez menos capacitados para leer y comprender los textos que se les exige”. Recomendable también para la torpe clase dirigente, que si aún es capaz de saber unir las palabras de un texto, encontrará en sus páginas verdades como puños: “La comunicación a base de coletillas, la comunicación a ráfagas, está destruyendo lo que quedaba del discurso político”. |
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| Comentarios |
| B. Verdi |
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| jueves 1 de abril de 2010 a las 17:54 horas |
Incierto futuro, no sabemos. También dijeron que la televisión acabaría con la radio y luego la historia lo desmiente. Alabemos la revolución que ha supuesto el correo electrónico para la transmisión inmediata de documentos e información. Quizás se trate de hacer un uso inteligente de la tecnología y de las ventajas que ésta trae consigo. ¿es posible una convivencia de soportes? Siguen naciendo publicaciones en papel, me consta, que confraternizan con su también estrenada versión digital. ¿el libro va a desaparecer? Tanta gente habituada a manejarse con el papel, ese soporte de siempre… Los quioscos que aún nos venden revistas, las librerías ¿van a desaparecer? Puede pero quizás falte. ¿No es posible, entonces, una convivencia? Un apunte para Javier:
No creo que una pantalla de ordenador sea la herramienta más eficaz contra la despersonalización y el aislamiento. Al contrario, la pantalla es la mejor aliada para construir identidades ficticias y el mejor reclamo para aislarse y ahuyentar la calidez del encuentro, el face to face. En la era de la comunicación, nunca hubo más incomunicación entre individuos.
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| Vicente Alberto |
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| domingo 14 de marzo de 2010 a las 08:20 horas |
| Javier: Los editores seguirán cobrando peaje, y esta vez ellos solos, sin libreros. Ya lo han anunciado. Las novedades a 14 euros. El fondo editorial a 5 euros. Es decir, a más de la mitad de lo que ahora cuesta un libro tangible. 20 euros aproximadamente o un libro de bolsillo: 8 euros. Si tienes dificultad en leerlo en pantalla y se te ocurre imprimirlo, añade el precio de los folios. Ellos ya no tendrán problemas de almacenaje ni pagar comisiones a las librerías y podrán escamotear los beneficios al autor que supongo no querrá seguir escribiendo por amor al prójimo. Este es el panorama inicial. Nosotros sí nos podremos seguir comunicando, alabado sea este invento, pero ellos pueden terminar destrozándolo. No sólo este sino el de nuestro antiuo amigo Gutenberg. |
| Javier Ocaña |
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| sábado 13 de marzo de 2010 a las 21:08 horas |
| Mi querido amigo, no te hagas viejo de pronto sino, como decía Sancho, sigue mi consejo y vive muchos años. Y, en cualquier caso, acuérdate de lo que decía Horacio en la Epístola a los Pisones sobre los ancianos, ‘aduladores de tiempos pasados’, ansiosos y, a la vez, temerosos de un futuro que no tendrán. Creo que los recuerdos, precisamente, son nuestro patrimonio para todo, literatura incluida. Y que hay que expresarlos, porque nunca se ha construido nada bueno sobre el olvido. Pero estos tiempos, como aquéllos, son también los nuestros y nos pertenecen. Puede que la pantalla no sea el ungüento amarillo pero, a través de ella, tú y yo nos hemos reencontrado; ahora mismo escribimos y nos leemos en ella. La gente la utiliza para comunicarse y creo que en esta aldea globalizada es una herramienta revolucionaria de la sociedad civil contra la despersonalización y el aislamiento. En cuanto a la literatura, espero que la pantalla permita la relación directa entre los creadores y los lectores, sin pagar peaje a esos editores de los que te quejas. Sería un buen cambio, ¿no crees? |
| Vicente Alberto |
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| sábado 13 de marzo de 2010 a las 19:28 horas |
| Querido Javier: A mis años ya no se tiene miedo al futuro, por tanto difícil que sienta inseguridad ante lo nuevo. En cuanto a la nostalgia no la considero inútil, con mis recuerdos trato de hacer literatura. Solo elucubro sobre el invento puesto en manos de nuestros editorers, que no son precisamente un modelo a seguir, ya que en el vertiginoso camino del progreso son capaces de arrasar el trabajoso campo abonado en estos años. Las gentes han comenzado a poblar las librerías, a dialogar con el viejo librero, para bien o para mal, El chisme efectivamente es un paso hacia el futuro, pero sobre todo al comienzo es preciso leer bien las instrucciones en una sociedad tan perezosa como la nuestra para la lectura en papel. ¿Crees tu que la pantalla lo va a solucionar? ¿O nos convertirá en seres aún más aislados? |
| Javier Ocaña |
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| sábado 13 de marzo de 2010 a las 18:35 horas |
No lo veo como tú, Vicente. Creo que, con harta frecuencia, el miedo al futuro nos paraliza y nos lleva a la nostalgia estéril. La inseguridad ante lo nuevo nos crea un vacío que tendemos a llenar con los cadáveres exquisitos que aporta nuestra ya inútil experiencia. Y vienen las elegías, que suelen ser reaccionarias. Así, si vamos de elegías, podríamos intentar la del viejo boticario, que en su rebotica personalizaba las recetas de sus clientes. O la del antiguo poeta, que leía sus versos a la concurrencia en el café o la taberna. O la del viejo librero, quien no permitía que un cliente que entrara en su casa en busca de un libro saliera de ella sin una noción de lo que iba a encontrar en él y una recomendación gratis de campos complementarios o alternativos de conocimiento. O la de los políticos demócratas de antaño, que trataban directamente con los hombres en las fábricas (sólo votaban ellos).
Todo ello se perdió irremisiblemente. Las librerías, déjate, son pequeñas superficies comerciales, y los libreros por los que suspiras, desde hace mucho, simples dependientes si es que se pasan por el negocio. En cuanto a las farmacias, para el caso, ya nos gustaría encontrarlas en los grandes almacenes. Los partidos políticos tienden sustituir a los votantes (no digo ‘ciudadanos’) por los sondeos. El problema es que, mientras los productores de una mercancía la relacionan directamente con el ciudadano anónimo sin intermediación, éste ya no puede hacer lo mismo con aquéllos. Tú no puedes comunicarles tu necesidad particular, porque has perdido tu individualidad y formas parte de una categoría impersonal. De tus problemas ya se preocupan las leyes del mercado, la burocracia o las encuestas.
Sin embargo, lo que un lector necesita es leer, y cuanto más, mejor. Así lo entendió Guttenberg, a quien no hay que regresar y no necesita elegías. Porque, si hay que leer, reconozcámoslo, a ti y a mí nos da igual hacerlo sobre papiro, piel de vaca o pantalla de plasma. Y, puesto que no existen los viejos libreros, cuantos menos intermediarios existan entre el libro y el ciudadano, mejor. Muy de acuerdo contigo, Vicente, si sugieres que la piratería puede acabar con la creación. Pero, entonces, eduquemos bien, pidamos leyes y apoyemos a los creadores contra la cultura de lo gratis.
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