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| El último Paul Auster |
| por Vicente A. Serrano |
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| JUEVES 4 DE MARZO DE 2010 A LAS 14:54 HORAS |
| Opinión > Cultura |
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Hace algunas semanas moría en su casa de New Hampshire, uno de los escritores más valorados y también más enigmáticos del pasado siglo. No sólo porque El guardián entre el centeno desde 1951 se ha mantenido como permanente objeto de culto entre los jóvenes, sino también porque J. D. Salinger, por expreso y obsesivo deseo, ha permanecido alejado de todos los medios. En sus libros nunca figuran presentaciones, notas introductorias o los resúmenes biográficos habituales. Tras la curiosa cubierta ilustrada de la primera edición en Estados Unidos, nunca más los editores se han atrevido a colocar imágenes en las tapas de sus novelas y cuentos. Por supuesto foto alguna, apenas media docena circulan por ahí clandestinamente; la más famosa, una instantánea capturada a la salida del supermercado, y por la actitud del escritor, no sabemos en qué estado quedaría el audaz fotógrafo. El mítico personaje literario de Honden Caulfield, con apenas dieciséis años, supo mostrarnos a través de su peculiar lenguaje, la hipocresía y falsedad del mundo de los adultos. Está claro que su autor se resistió a compartir con esos mismos adultos el terrible e inevitable paso del tiempo. Quiso dejar patente el desprecio por la fama convirtiéndose en un recluso de su intimidad. Sin embargo, tan escasa y tempranamente interrumpida obra, está cimentada sobre la admiración incontestable de bastantes generaciones de jóvenes que conservaron en los bolsillos En la carretera de Jack Keruacs y El guardián... de Salinger, a modo de cartucheras para combatir el absurdo mundo circundante.
En las antípodas del “invisible” Paul Auster nació en 1947 en New Jersey, sólo unos pocos años antes de que Salinger hubiese decidido dejar de escribir y hacerse “invisible". Dos de los más representativos escritores de la narrativa norteamericana contemporánea conforman actitudes vitales que se muestran en las antípodas. Con toda probabilidad, Auster por edad y procedencia, alimentó sus sueños juveniles engolfado en las páginas de Salinger, a pesar de que haya declarado en más de una ocasión que con quince años descubrió Crimen y castigo, cuya lectura le determinó a ser lo que es. Y a pesar también de que se reafirme en que su máxima influencia literaria procede de Kafka y Beckett. Lo que está claro es que estos dos maestros de la narrativa norteamericana –Salinger y Auster–, aunque se hayan movido en posiciones vitales diametralmente opuestas, coinciden en haber logrado reunir a su alrededor una numerosa y parecida legión de incondicionales lectores. Afirma Auster que: “La literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación entre dos seres humanos".
Un autor generacional Tal vez por eso el optimismo de Paul Auster y su abundante producción resida en querer asistir periódicamente a la experiencia de ver cómo el trabajo realizado en soledad se convierte en una experiencia compartida con muchísimas personas que convergen en un mismo punto. Auster nos lleva sorprendiendo desde que descubrimos Ciudad de cristal y tras ella las otras dos novelas que conforman La trilogía de Nueva York. Hemos seguido con el mayor interés su trayectoria. Nos ha sabido envolver con gran maestría, en ese mundo repleto de dudas, de finales abiertos, de protagonistas que se desdibujan y confunden con el narrador. La música del azar titula una de sus novelas, característica esencial de un escritor, en cuyas páginas confusión y azar enredan casi siempre la vida de sus personajes. A diferencia del huidizo Salinger, el autor de Leviatán ha tenido una presencia permanente, durante décadas, en periódicos y revistas literarias. Existe tan abundantísima iconografía de este atractivo escritor, con pinta de actor de cine, que podríamos reconstruir una especie de álbum familiar. Calidad y popularidad, se conjugan casi siempre en la extensa obra austeriana, que ha sabido coquetear con el ensayo, la poesía, el teatro e incluso el cine en el que a pesar de sus desiguales resultados, nadie puede olvidar Smoke y Blue in the Face co-dirigidas con Wayne Wang y basadas en el personaje de su Cuento de Navidad, Auggie Wren, que desde su estanco se dedica a fotografiar a los personajes que pasan por la esquina todas las mañanas a la misma hora. Alguien ha comparado la trayectoria literaria de Paul Auster con la trayectoria cinematográfica de Woody Allen. Efectivamente en los dos se da la misma obsesión por publicar y estrenar una vez al año, con resultados, muchas veces admirables y de vez en cuando, discutibles. De todos modo, no dejan de ser dos iconos de este tiempo, que silueteados sobre la ciudad de Nueva York, nos han aportado novedosos códigos para reinterpretar la realidad.
‘Invisible’, lo último de Auster En la última entrega del escritor norteamericano, nos encontramos a un Auster en estado puro. Sus fervientes seguidores descubrirán de inmediato las herramientas favoritas que el autor ha manejado con peculiar estilo en todos estos años, la metaliteratura, el azar, la confusión..., esos ingredientes que sirvieron para calificar a Auster como narrador posmodernista frente a la larga tradición del realismo literario en la narrativa norteamericana. Los que se enfrentan a una novela de Auster por primera vez, se encontrarán con un sugestivo y diferente estilo novelístico de aliento cervantino, que aquí se bifurca en tres narradores, manejando manuscritos diferentes para tratar de hilvanar los fragmentos de la historia de Adam Walker, que arranca en la Universidad de Columbia en los agitados finales años 60 con la guerra de Vietnam como telón de fondo continua por entre las secuelas del Mayo Francés y termina confundiéndose en 2007, en una isla del Caribe tratando de perfilar, a través del diario de Cécile Juin, al escurridizo personaje de Born. Una vez más Paul Auster nos ofrece una compleja novela de final abierto y una atractiva complejidad que engancha e involucra al lector dejándole una estela que perdura más allá de la última página.
La recomendación: Auster en cómic Invisible está publicada por Editorial Anagrama, así como la mayoría de los títulos de Auster. Casi todos ellos también localizables en ediciones de bolsillo. De Ciudad de cristal, la primera novela de La trilogía de Nueva York, existe además una versión adaptada al comic por Paul Karasik y David Mazzucchelli, con introducción del gran maestro Art Spiegelman. Un verdadero regalo para los austerianos ya que se trata de una magnífica adaptación visual de la novela. |
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| Comentarios |
| Javier Ocaña |
jjocanar@gmail.com |
| viernes 5 de marzo de 2010 a las 17:51 horas |
Enhorabuena, V. Alberto, por tus trabajos, y al Diario por publicarlos.
Si Auster está comprometido con su tiempo es a base de preguntarse por la identidad del individuo. El final de los 60 –donde aún vivimos-, la jungla de Manhattan –cualquier ciudad- o un centro de internamiento –tu trabajo-, son sólo decorados. Sobre ellos pulula un universo de gente que se relaciona mecánicamente, sin profundidad. Da lo mismo cómo: hechos banales se mezclan con asesinatos, relaciones sexuales ‘impropias’ o con servicios secretos con la misma importancia. Porque lo importante no son los hechos concretos, ni si son reales o imaginados. Lo que importa es el camino, la transformación, la odisea. Al cabo, ni el protagonista se reconoce a sí mismo. No digamos el lector. Si la pregunta en la Trilogía era ‘Quién soy’, en Invisible es ‘Cómo soy’.
Dice Auster que Invisible puede ser una novela de terror. Me recuerda al Coronel Kurtz (Born) –‘¡El horror, el horror!’ Hay verdades que no vale la pena desvelar. Llegado a un punto, qué más da que las cosas sean reales o no, vienen a decir Conrad y Auster (Libro de las Ilusiones).
Sin embargo, no es lo mismo. Vietnam existió. Los derechos se conquistan. La paz se sufre. La injusticia es un cáncer. Y hay que contarlas al final para que los hilos del poder, del dinero, de la dominación, de la fantasía, no nos impidan ver cómo y quiénes somos. Para ahuyentar el horror. Esos hilos invisibles no son tan invisibles si se cuentan bien.
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| Antonio R. Naranjo |
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| viernes 5 de marzo de 2010 a las 16:47 horas |
| Del libro que dices de Amis queda una frase de Stalin para la posteridad: "Un muerto es un drama; veinte millones una estadística". Del escritor inglés me gusta, sobre todo, que escribe gran literatura y además se arriesga y compromete con su tiempo. Me da igual que no siempre acierte, su actitud me merece un sobresaliente. Y tiene un par de libros o tres, La información, Campos de Londres o Perros Callejeros, que todo buen lector de Auster disfrutará como un enano. |
| Manuel Revilla |
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| viernes 5 de marzo de 2010 a las 08:37 horas |
Siempre dando en el clavo. Miguel Hernández, Serrat y ahora Paul Auster. Hace unas semanas me regalaron "Invisible", lo devoré y como dices tú un Auster en estado puro, que sale de New York, que viaja a Paris y que tiene similitudes con Wody Allen en su empeño de estrenar cada año una obra nueva. Ese es mi problema, que a veces me pierdo alguna, por eso me fui a comprar su anterior novela "Un hombre en la oscuridad", con ciertos altibajos llega un final espectacular que te deja un buen sabor de boca.
Vicente A. es un placer leer tus artículos cada semana en el Diario, gracias por tus recomendaciones, no dudes que las aprovecharé. |
| Vicente Alberto |
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| jueves 4 de marzo de 2010 a las 19:33 horas |
| De acuerdo con Manuel Isidro. Vargas Llosa es un lujo de narrador en lengua castellana. En cuanto a lo que me pregunta Antonio, tengo que confesar que la obra de Auster es tan impresionante que uno no llega a alcanzarla nunca del todo. Confieso que aún no he leído "El libro de las ilusiones" El recomendador recomendado. Lo leeré en breve. En cuanto a Martin Amis, sólo diré que alguien que ha escrito una obra como "Koba el temible" es digno de mi más ferviente admiración. Gracias a ambos por leerme, y sobre todo: por leer. |
| Manuel Isidro |
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| jueves 4 de marzo de 2010 a las 19:21 horas |
| Hablando de asociaciones literarias, como hace el lector anterior, yo le planteó al señor Serrano otra, a modo casi de juego: ¿no le parece que Paul Auster y Mario Vargas Llosa son los mejores narradores que existen actualmente en la literatura mundial? Muchas gracias por sus columnas. Son un orientación excelente siempre. |
| Antonio R. Naranjo |
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| jueves 4 de marzo de 2010 a las 16:39 horas |
| Muy bueno Serrano, gran artículo. Sólo hecho de menos una mención a 'El libro de las ilusiones', que me parece soberbio. Y me gustaría saber qué piensas tú de una extraña asociación literaria que yo hago, sin saber bien por qué, entre Auster y Martin Amis. Son bien distintos, pero a me resultan rabiosamente parecidos, modernos y clásicos a la vez. Abrazos |
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