PEDRO P. HINOJOS

La tierra sigue temblando aunque esta vez ha encontrado un Estado avanzado en la superficie cuarteada: el alargado y estrecho territorio de Chile, una de las locomotoras de Sudamérica. Las diferencias con hecatombes como la de Haití no sólo se perciben en la existencia de servicios de emergencia, con policías, bomberos, médicos, ambulancias y hospitales en condiciones, prestos a combatir la calamidad. También están en el talante civilizado con el que ha afrontado el desastre la clase gobernante.
El canciller chileno Mariano Fernández pidió este fin de semana a todos los que países que se ofrecieron de inmediato a ayudar que no enviaran auxilio material ni humano hasta no determinar el alcance de la destrucción. La justificación del diplomático fue un monumento al sentido común y a la honradez: “No queremos que se distraiga ayuda a ningún país, y en el caso de Chile, una ayuda que llega sin haberse definido, ayuda bien poco".
Reconforta saber que aún hay rincones en este mundo donde de vez en cuando brilla la decencia en su versión más humanitaria. Y es que las catástrofes ponen a prueba a las naciones; sacan lo peor, lo mejor y todo lo contrario.
Hace unos años, los dirigentes de la democracia popular de Corea del Norte, por ejemplo, no tuvieron reparos en subir el telón de su paraíso al pedir a Alemania, en plena crisis de las vacas locas, que les enviaran todos los animales sacrificados que estaban mandando al crematorio; la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, pensaban Kim Jong-il y sus secuaces, no podía ser peor que el hambre que mataba a su población por miles.
Y hace aún más años, en Holanda, se paralizó de dolor el país entero al estrellarse un avión israelí en un barrio popular de Amsterdam: durante unos minutos, de norte a sur y de este a oeste no se escuchó más sonido que el de las campanas tocando en memoria de las víctimas.
También aquí en España la sociedad estuvo a la altura en las horas y días que siguieron al agujero negro del 11-M. Hoy se hace todo lo posible por olvidar aquel terremoto. Ojalá en Chile no ocurra lo mismo. La unidad institucional y la fraternidad es la única herencia digna de una catástrofe. Sólo hay que tener el corazón suficiente para saber aprovecharla. |