No sé si a ustedes le pasa lo mismo que a mí. En esta conocida como Sociedad de la Información y el Conocimiento, en estos tiempos en que se han multiplicado los medios por los que accedemos a los datos, a la información, en que nos encontramos bombardeados por palabras y más palabras, cada vez entiendo menos de crisis. Y, sobre todo, cada vez entiendo menos cómo podremos salir de esta (p.) crisis, que ya de económica se está convirtiendo en social. Crisis de valores, crisis de ideales, crisis, en fin, de identidad. Desde la barrera de la información, desde este intentar acercarse a los que en principio saben y podrían explicarnos lo que ha sucedido y las fórmulas para solucionar los problemas heredados y los creados nuevamente, sigo sin entender nada. Y cada vez hay más palabras, más datos, pero menos reflexiones, menos explicaciones.
Comencemos por el principio: desde hace dos años nos han contado que la crisis económica es de ámbito mundial –la primera de estas características parece ser– y que nace en el sistema financiero. Pero no en cualquier sistema financiero, sino en el que parecía marcar el paso de oca de la economía mundial: el sistema financiero de Estados Unidos. Los expertos, con más o menos pericia, han puesto en claro cómo se ha llegado a la situación de bancarrota literal de algunos de los monstruos financieros internacionales, que no han tenido ningún escrúpulo en falsear datos, en convertir en virtual lo que a los pobres mortales nos llega en forma de sueldo, de hipoteca, de comisiones más reales (y más exageradas) día a día. Sistema financiero sin control, donde los directivos –incluso después de hundir sus empresas y de conseguir la pérdida de billones de dólares o de euros– seguían cobrando unos sueldos astronómicos o primas escandalosas. Se nos ha hecho ver, y de manera muy clara y realista, la importancia de mantener inalterable el sistema financiero mundial, de no cambiar las reglas del juego (aunque hubo unos conatos de algunos políticos y economistas que soñaron con una evolución del capitalismo norteamericano a otros modelos más sostenibles). Y así los gobiernos de todo el mundo –los gobiernos con posibles, se entienden– se lanzaron a utilizar el dinero público (es decir la deuda de todos los ciudadanos) para salvar estas entidades financieras en peligro, este sistema que hacía agua por todos lados, porque sólo buscaba el beneficio inmediato y las ganancias multimillonarias, sin mirar más allá del mañana, del pasado mañana. ¿Resultado? En época de crisis económica el Banco de Santander el pasado 4 de febrero anunció que había tenido unos resultados económicos mejor de lo esperados: había ganado durante el 2009 la friolera de 8.943 millones de euros… y así podríamos seguir con otras entidades financieras, que no tuvieron ningún reparo en pedir a las cuentas públicas ayuda cuando veían sus dividendo reducirse… ¿Acaso están ahora pensando ellos en ayudar al erario público, a la economía española facilitando los créditos, evitando las comisiones, invirtiendo en algo más que en el ladrillo rápido y podrido? No entiendo nada.
Se nos repite hasta la saciedad que en estos últimos años se ha dilapidado la buena marcha económica de España de los últimos años. Y es cierto, hemos pasado una época de bonanza, que nos ha hecho sacar pecho y pedir voz en grito que merecíamos estar en los organismos oficiales y encuentros que reúnen a la flor y nata de la economía mundial: los G8, los G20 y demás ‘gilipolleces’. Y es cierto, pero parece que ahora nadie quiere recordar cuáles eran los pilares de esa economía tan floreciente, la que tuvo su mejor expresión en los gobiernos de Aznar, con su decretazo (a quien debe mucho Rajoy) del 2002: por un lado el turismo (nuestra ‘industria’ nacional) y por otro lado, el ‘ladrillo’, con los anuncios de la ‘burbuja inmobiliaria’, que nadie quiso reconocer, pues todos estaban sacando su buen puñado de euros gracias a este mirar hacia otro lado–, hasta que nos estalló a todos entre las manos (y lo hizo un poco antes de la crisis financiera mundial, con lo que España de tocada pasó a ‘agua’). En los años del ladrillo se ganó mucho dinero, se hipotecó una generación, se imposibilitó a los más jóvenes el acceso a la vivienda porque las promotoras ya tenían vendidas sus casas antes de construirlas (el famoso sobre plano) por especuladores. Todos lo hemos sufrido, lo hemos vivido, pero parece que no queremos recordarlo. ¿Qué hicieron nuestros empresarios con ese dinero tan fácilmente ganado, con esos millones de euros que les llegaban día a día a sus cuentas? ¿Aprovecharon para apostar por otros modelos industriales de futuro, por la investigación y la innovación, para convertir a España en una potencia más allá del sol, la playa, el vinito y el Spain is different? Todo lo contrario. Dudo que tengamos los empresarios que se merece España. Unos empresarios que en época de bonanza nunca pensaron en el futuro, y que ahora sólo encuentran soluciones en abaratar el despido y el reducir gastos, como si esta fuera una apuesta con posibilidades de crecimiento. No sé cómo lo ven ustedes, pero a mí un grupo de empresarios que se pone en pie para recibir entre aplausos y vítores al presidente de su asociación, que días antes había vendido por un euro su compañía para no tener que hacer frente a su quiebra, y que deja a miles de pasajeros en el aire y a cientos de empleados sin cobrar en los últimos seis meses, a mí no me da ninguna seguridad. ¿Qué ideas brillantes pueden tener para pensar en el futuro, para salir de la crisis, para ser los motores de un cambio y un empuje económico, ya que son uno de los pilares de la economía? La verdad, sigo sin entender nada (y ahora con una cierta preocupación).
Y por último, oigo en todas las tertulias a personas que en diez minutos son capaces de sacar diez recetas para salir de la crisis como un mago saca conejos de su chistera. ¿Cómo no les contratan en los diferentes gobiernos que tienen competencia en la economía en nuestro país? Y aquí entramos en el último peldaño de mi perplejidad ante el presente: ¿Qué opinión tienen nuestros políticos sobre la crisis? Y no hablo sólo del Gobierno central, que tiene la responsabilidad de gobernar, ¿pero acaso no tienen también esta responsabilidad los gobiernos autonómicos, que controlan gran parte del gasto público, que tienen en sus manos las herramientas reales de la economía? El PP como partido de la oposición tiene sus fórmulas para salir de la crisis diferentes a las expuestas por el Gobierno. ¡Faltaría más que coincidieran! ¿Pero son sus fórmulas las adecuadas? Y si lo son, ¿por qué no las ponen en marcha en las Comunidades Autónomas que gobiernan, que deberían ser ejemplo de cómo poder hacer frente a la crisis? Y me temo que ni Valencia ni Madrid sean ejemplos de nada en este campo… así que mi perplejidad se llena de pesimismo.
¿Con la unión podemos salir de la crisis? Así lo dicen todos los analistas, de esos que les pagan por saber de todo… ¿pero la unión de quién? ¿Empresarios, banqueros, políticos…? Que Dios nos pille confesados. De ser así, lo único que me queda claro es que la crisis irá para largo y que seremos nosotros, en nuestro día a día, los que haremos todo lo posible por salir de ella, sin más ayuda que nuestro sentido común (el menos común de los sentidos entre banqueros, empresarios y políticos).
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