PEDRO P. HINOJOS

Un antiguo jefe alardeaba de moderación y serenidad. Sin embargo, eran habituales sus broncas a grito pelado a los empleados, con predilección por los más mansos, sus pataletas absurdas entre amenazas grotescas e incluso su reparto de golpes y patadas a sillas, mesas, paredes y cualquier objeto inanimado (por aquel entonces, al menos). Este antiguo jefe presumía de laboriosidad y de liderazgo. Era difícil, no obstante, encontrarle en su puesto de trabajo antes de mediodía y después de la merienda, además de hacerse notar su ausencia en los apretones de trabajo y en los encargos de última hora, ejecutados sin instrucciones ni órdenes específicas, lo cual desencadenaba arrebatos de cólera, eso sí, moderados y serenos.
También este antiguo jefe gustaba de adornar sus virtudes subrayando su tendencia a la generosidad y la esplendidez. Su desprendimiento, por desgracia, no alcanzaba a los contratos con sus trabajadores ni a las deudas pendientes con proveedores, que eran despachados con ira apacible. La pasión voraz por la lectura era la vanagloria definitiva en este antiguo jefe. Y en efecto, su cultura lectora resultaba apabullante: novela, poesía, ensayo, teatro, biografía…
No había género, literatura nacional y autores que tuviera algún secreto para él, jactándose de disponer en su chalé de la Sierra de una biblioteca con más de 20.000 títulos, muchos de ellos heredados de su padre, su espejo y modelo, según recordaba continuamente. Y recordando, un día nos contó que, con 15 años, batió su primer gran récord lector, al meterse entre pecho y espalda cien libros en un año. El último lo devoró en la tarde de Nochevieja: Cuento de Navidad, el clásico de Charles Dickens. En ese preciso momento, caímos en la cuenta el poco provecho que la había dado tanta lectura. |