PEDRO P. HINOJOS
La Navidad es un tiempo de sorpresas, incluso para los que no creen ni en la una ni en las otras. Sólo de ese modo se explica que leyenda viva como Bob Dylan decida sacarse de la manga un disco de villancicos, cuyos fondos presentes y futuros irán a parar a una organización benéfica que da de comer a los más pobres entre los más pobres de Estados Unidos; esos que no tienen ni para probar bocado a diario, que también los hay en el paraíso de las barras y las estrellas. Pues sí, se trata del mismo Dylan que apareció por la Huerta del Obispo una calurosa tarde de julio de hace cinco años y se marcó un concierto inolvidable, más por falta de precedentes y por la sombra alargada que proyecta todo coloso de la cultura popular contemporánea, que por la entrega personal del artista. Aquella noche formidable apareció en el escenario cuando los cowboys de su poderosa banda llevaban un ratillo ganándose el sueldo a guitarrazos, se sentó en un rincón ante un pequeño teclado y allí se tiró las dos horas largas de concierto sin mirar al público. Un “gracias por venir" fue el único detalle con la multitud, aparte del autógrafo que le sacó entre bambalinas, quién sabe cómo, César Verges, el más veterano animador cultural del Ayuntamiento. Ése es el Dylan que, con la voz desguazada y la carilla de rata, hace ahora beneficiencia con las canciones de Navidad, a la vez que pincha canciones en una emisora de radio digital o da largas caminatas en solitario por cualquier pueblo remoto de Norteamérica, para sorpresa del sheriff de condado. Está claro que no busca dar ejemplo de nada y a nadie. No hay más que ver, por si aún hiciera falta convencerse, su carrera personal y profesional, sinuosa e inabarcable, como los grandes ríos, para darse cuenta de que este hombre va por libre. Ya está su obra para hablar por él. Incluso para felicitar la Navidad sin necesidad de un villancico. Quédense con estas letras y considérense felicitados: “Que Dios te bendiga y te proteja siempre. / Que tus deseos se hagan todos realidad. / Que hagas siempre por otros / y otros hagan por ti. / Que construyas tu escalera a las estrellas / y subas cada peldaño. / Que permanezcas por siempre joven, / por siempre joven, por siempre joven” (Forever young, 1974).
|