Es posible que cuando salgan a la luz estas líneas el drama de la activista saharaui Aminatu Haidar haya concluido con bien. Pero es una posibilidad muy remota. Más probable es, por desgracia, que la situación empeore, pues el paso de las horas sólo puede acarrear perjuicios en el delicado estado de salud de esta corajuda mujer que lleva casi un mes sin ingerir alimento. Su huelga de hambre ha reflotado un añejo conflicto: el de la apresurada y bochornosa descolonización del Sahara Occidental. Y también ha destapado las muchas aristas y las vergüenzas que existen en las relaciones entre España y Marruecos. Por eso resulta tan complicado encontrar una salida a un drama que ha planteado de una pieza el extraordinario laberinto político y diplomático que representa la situación del Sahara.
La sociedad civil siempre ha ido por delante de los políticos en este asunto. El auxilio y la solidaridad al pueblo saharaui ha sido un modelo de fraternidad en nuestro país: desde Cádiz a Donosti, y desde Barcelona a A Coruña, pasando por Alcalá; existe una constelación de asociaciones y colectivos dedicados a ayudar a estas personas, empezando por los más desvalidos: los niños y niñas que malviven en campamentos polvorientos del desierto. La ciudadanía de a pie, en definitiva, ha entendido desde el primer momento la deuda que se mantiene con este pueblo y ha hecho, y hace, lo que está en su mano por ofrecer algo de alivio.
Los intelectuales y los artistas, siempre tan criticados por su sectarismo o por su falta de compromiso, han dado la talla también en esta ocasión. Su voz y su petición de respaldo a Haidar han servido, al menos, para mantener la atención social y política en este asunto. Lógicamente también se puede encontrar resquicios a la crítica para ellos; pero en esta ocasión han hecho más bien que mal con su actuación.
Así las cosas, debe de ser la clase política y gobernante, española y marroquí, la que dé el paso para encontrar un cauce a este conflicto enquistado. Y no sólo para resolver la situación de Haidar, que es lo más perentorio; sino también para establecer y desarrollar, de una vez y para siempre, un sistema de relaciones de transparencia y de mutua conveniencia. Si eso implica la intervención del Rey, dada su ascendiente sobre el monarca marroquí, que así sea: lo que está en juego tiene tanta trascendencia para el futuro de nuestro país que estaría más que justificado un servicio del Jefe del Estado. |