Eduardo Arroyo: pinceles en su tinta
por Vicente A. Serrano

JUEVES 3 DE DICIEMBRE DE 2009 A LAS 17:01 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Las personas nos engañan y el tiempo nos desilusiona. La muerte se ríe de nuestras preocupaciones. Las ansiedades de la vida son nada". Reflexiones de semejante calado se hacía Leonardo da Vinci en pleno siglo XV; de vez en cuando, más allá de la pintura, decidía mojar los pinceles en la tinta de sus experiencias. Miguel Ángel Buonarotti también solía abandonar pinceles y cincel para esculpir sobre el papel sonetos de insólita belleza. A lo largo de la historia del arte nos topamos con infinidad de pintores que sintieron la necesidad de la escritura para desbordarse fuera de los límites de sus cuadros. Las descarnadas misivas de Goya a su íntimo amigo Martín Zapater, escandalizan tanto como la fuerza expresiva de sus grabados. Durante más de veinte años Vincent Van Gogh mantuvo una correspondencia constante con su hermano Theo; en aquellas cartas se contienen algunos de los más bellos textos literarios que jamás haya escrito un pintor. El mito del buen salvaje, la ruptura con el mundo que le condicionaba llevó a Paul Gauguin a escribir compulsivamente para tratar de explicar su búsqueda del paraíso, física y plásticamente. En Escritos de un salvaje se recopila parte de aquel esfuerzo de uno de los visionarios del arte moderno. Matisse, Léger, Mondrian, Dubuffet, Paul Klee,  Kandinsky, Warhol y Hockney entre otros, también nos han legado magníficos y clarificadores textos, a modo de generosa invitación para adentrarnos en su pintura. Y entre los nuestros no podemos olvidar a Tapies ni por supuesto a Antonio Saura, autor sobre todo de aquel libelo Contra el Guernica, con el que logró provocar los más sacrosantos valores. Caso aparte merece Salvador Dalí del que siempre me han interesado más sus textos literarios que su pintura.

Literatura y pintura
En 1958 Eduardo Arroyo decide marcharse a París allí conoce al italiano Antonio Recalcati y al francés Gilles Aillaud conformando un compacto y activo grupo de la Nouvelle figuration. Pintores que han destacado además como escenógrafos, manteniendo por tanto una íntima relación con el mundo del teatro y la ópera. En el caso de Arroyo llegando incluso a escribir una pieza dramática en dos actos, estrenada en Munich en 1986 con el título de Bantam, dirigida por el prestigioso director Klaus M. Grüber. Bantam es el término francés con el que se denomina en el mundo del boxeo a los pesos gallo. En la obra se cuenta la triste historia de cuatro boxeadores, ese mundo tan querido por el pintor madrileño que más tarde plasmará en otro de sus mejores textos, la vida de ‘Panamá’ Al Brown. Si tuviésemos que definir la pintura de Eduardo Arroyo tendríamos que hablar de técnicas frías, caracterizadas en la mayoría de los casos por el uso de las tintas planas para un dibujo cuidadoso, repleto de conocidas referencias icónicas. Un profundo ramalazo pop art que nos remite de modo inevitable a la prestigiosa obra del Equipo Crónica. La pintura de Arroyo posee idéntico espíritu literario que la del grupo valenciano, pero con la carga de una crítica aún más severa, desde una afilada sátira con toda probabilidad provocada por su exilio personal que esperpentiza aún más la irrealidad española de aquellos años.

Figuración narrativa
Los títulos y los temas en la mayoría de los cuadros de Eduardo Arroyo son tan evidentes que resulta absurdo tratar de ahondar en su pasión y vocación literaria: Blanco White, Ganivet, James Joyce, Walter Benjamin... También sería innecesario que Arroyo tuviese que cargar de tinta sus pinceles para tratar de explicar su pintura. La figuración narrativa en la que se mueve resulta tan contundente que el espectador no requiere de lecturas auxiliares porque cada uno de sus cuadros se narra por sí solo. Sin embargo en todos estos años el pintor se ha empeñado también en escribir y nos ha dejado una serie de títulos tan sugerentes, tan variopintos y tan visuales como las obras que cuelgan de galerías y museos. El crítico e historiador de arte Francisco Calvo Serraller, trató, en 1991, de perfilar –a la manera de Flaubert– un Diccionario de ideas recibidas del pintor Eduardo Arroyo que hoy ha quedado desfasado por la actividad frenética del protagonista.

Minuta de un testamento
A modo de vuelta de tuerca, amparado en ese profundo sentido literario que alberga el espíritu de Arroyo, el pintor acaba de publicar sus memorias en la editorial Taurus con un título robado al krausista Gumersindo de Azcárate (1840-1917) con el que de algún modo lleva emparentado desde el año 2000 que convive con su sobrina nieta, Isabel de Azcárate. Minuta de un testamento son unas memorias algo sui generis, un peculiar modo de continuar el esfuerzo de aquel Diccionario de 1991. En éstas páginas apenas se teoriza sobre el oficio. A pesar de lo lúgubre de su título, se trata más bien de un entretenido manual sobre el oficio de vivir. Con el espíritu libertario que siempre ha caracterizado al autor y dada su afición taurina, Arroyo no duda en ponerse al mundo por montera y afilar la pluma hasta convertirla en navaja barbera a punto de llevarse más de un cuello por delante. Rememora su infancia madrileña, su querida calle Argensola, el recuerdo admirado a su padre, perdido prematuramente, la imponente belleza y tesón de su madre, las continuas expulsiones de los colegios mas ‘chic’ y sus malas relaciones con aquella España de la cutrez sempiterna. Todo ello adobado de vez en cuando con un suculento puyazo a los valores eternos y a personajes intocables. Pinceles sumergidos en la más negra de las tintas para dejar bien definidos ciertos perfiles y algunos dudosos valores.

La recomendación: Leer a Arroyo
Tres modos hay para leer a pintor tan peculiar. El primero acercarse a Museos y Galerías, sus cuadros os marcarán los renglones narrativos. El segundo trastear por los estantes de bibliotecas y librerías, os encontraréis con textos tan deliciosos como Sardinas en aceite, una especie de diario con opiniones contundentes. El trío calaveras una particular semblanza de tres de sus personajes favoritos: Goya, Benjamin y Byron y la fundamental biografía Panamá Al Brown sobre la turbulenta vida del primer boxeador hispano que alcanzó el título mundial de pesos gallo. El tercer modo de leer a Arroyo es descubrir como él ha sabido leer a Joyce, Goytisolo o Zorrilla para después ofrecernos magníficas ediciones ilustradas de sus obras.


Comentarios
Berta Sánchez
miércoles 9 de diciembre de 2009 a las 22:50 horas
Encasillarse en una única disciplina artística es lo común. Lo sorprendente es dominar más de una. Leer a A.Tàpies fue una verdadera sorpresa y desde entonces, su voz me resulta fundamental.
A Arroyo lo conozco poco. Por eso la sección de "La recomendación" me va a ser de gran utilidad.
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